Incluyo aquí ponencias, artículos y textos míos sobre temas muy diferentes publicados en revistas y periódicos españoles y extranjeros.
SUMARIO
1) Sobre el mito del héroe cultural. Los héroes cotidianos.
2) Yasnaya Polyana
3) El extravagante oficio del poeta. Una desmitificación.
4) Quiero decir...
SOBRE EL MITO DEL HÉROE CULTURAL. LOS HÉROES COTIDIANOS.
SUMARIO
1) Sobre el mito del héroe cultural. Los héroes cotidianos.
2) Yasnaya Polyana
3) El extravagante oficio del poeta. Una desmitificación.
4) Quiero decir...
SOBRE EL MITO DEL HÉROE CULTURAL. LOS HÉROES COTIDIANOS.
(Ponencia presentada el 22 de octubre de 1987 en el XXIV Encuentro Internacional de Escritores de Belgrado).
Junto a los héroes políticos y militares que engrandecieron a sus pueblos, fijaron sus estructuras sociales, les liberaron de la opresión interna o externa, o delimitaron definitivamente sus fronteras, los héroes culturales brillan con luz propia interviniendo en los destinos de sus países, siendo destino ellos mismos, con la fuerza de sus ideas, con la genialidad de sus reformas, con el peso específico de su inmensa personalidad intelectual.
Pero yo no quiero referirme a estos grandes héroes del pasado ni a los que la historia del mundo haya de proporcionarnos en el futuro. Prefiero hablar del presente y de otra categoría de “héroes culturales”: los que podíamos denominar “héroes cotidianos”, casi anti-héroes, si ustedes quieren, no por más humildes menos grandes y heroicos.
Estos “héroes cotidianos” son aquellos escritores que oscura, calladamente, llevan a cabo su labor con una constancia ejemplar en las condiciones más negativas que imaginarse pueda, pero sin dejarse vencer por desalientos, construyendo día a día su obra con el solo bagaje de su vocación y de su esperanza.
Quizás muchos de ellos no sean conocidos; quizás sus nombres no pasen a la historia… Pero todos forman parte del entramado cultural de sus países, todos aportan algo al patrimonio literario de sus pueblos; la suma de todos sus cotidianos heroísmos incrementa, sin fulgores, sin públicas resonancias, nuestra cultura universal.
Porque héroe cultural es, por ejemplo, el escritor en el exilio. Ese hombre que, separado de su patria, se ve obligado a vivir en un paisaje extraño, entre gentes ajenas a su mentalidad o a su cultura, ejerciendo a veces oficios muy alejados de su altura intelectual, con la mirada y el corazón puestos en la tierra que lo vio nacer, en la familia y amigos a los que quizás nunca pueda volver a encontrar.
Y es héroe cultural porque ese hombre exiliado sigue ejerciendo su oficio de escritor, sigue manejando lo mejor de su idioma, sigue entregando a su cultura el fruto de su imaginación o de su saber. Regresará o no regresará; su trabajo será o no reconocido: pero ahí queda su aportación, tanto más valiosa cuanto que está hecha desde la nostalgia, desde esa herida honda que para todo hombre significa el desgajamiento de sus raíces.
Héroe cultural es el escritor encarcelado. El tirano de turno no pudo encontrar en sus escritos los halagos que esperaba ni en su postura pública los gestos aprobatorios que le fueran útiles para justificar su opresión. Antes al contrario: sólo halló en él crítica inteligente y justa, nobleza de espíritu, solidaridad con los oprimidos, verdades como puños que se incrustaron en su pecho como balas cargadas de futuro. El tirano de turno no se atrevió a matarlo -hay tiranos que cuidan mucho las formas, por el qué dirán- pero creyó que callaría su boca para siempre encarcelándolo durante años.
Y ese escritor es un héroe cultural porque desde la desolación de sus cuatro paredes y apoyándose tan sólo en el rayo de sol que entra por su ventana, sigue escribiendo, sigue ejerciendo, para sí y para los demás, esa hermosa palabra que es la libertad. Porque no hay hombre más libre que el que tiene ante sí una cuartilla blanca y la puede llenar con sus ideas.
Héroe cultural es el escritor que cada día ve cercenados sus escritos por la censura. Nadie es capaz de imponerle lo que tiene que decir, pero sí le recortan, modifican, tratan de enmascararle sus verdades. Es un hombre que, por las circunstancias que sea, no ha tenido la oportunidad de alejarse de su dolorida patria, o ha preferido quedarse en ella para, contra viento y marea, proseguir sin desmayo su aportación cultural. Sufre como nadie puede sufrir, que no hay cosa más triste para un creador que ver como su obra es manipulada por gentes casi siempre incapaces de escribir una línea, pero gentes que tienen en sus manos el poder que, a veces, tanto teme a la inteligencia.
Y ese hombre es un héroe cultural porque, a pesar de todo, sigue escribiendo, no sometiéndose jamás a los dictados de la censura, pero quizás aguzando su ingenio para “escribir entre líneas”, para entregar, por encima de todo, su mensaje a los demás.
Héroe cultural es el escritor que, por necesidad de su manutención diaria y la de su familia, se ve obligado a vivir de trabajos muchas veces ajenos a su auténtica vocación. Estoy pensando en el escritor-periodista que tiene la terrible obligación diaria y casi mecánica de sus artículos como medio de vida; o en el que trabaja en una oficina rodeado de incomprensión, inmerso durante muchas horas al día en la frialdad de los números o en actividades diametralmente opuestas a sus conceptos vitales. Conozco escritores que ganan su pan como camareros, oscuros funcionarios, contables, representantes de comercio…
Y son héroes culturales porque, a pesar de todo, al regresar de sus trabajos se sientan a su mesa y continúan escribiendo sus ensayos, sus novelas, sus libros de poemas. Realizan desde el cansancio y la frustración, su aportación cultural.
Héroes culturales son también los escritores que, por razones comerciales, o por extraños motivos del complicado mundo editorial de algunos países, ven pasar los años sin que sus obras sean publicadas, obras que duermen un hondo y oscuro sueño en los cajones de sus escritorios. Esas obras verán o no verán la luz, pero ahí están como aportación, más o menos valiosa pero aportación, a su patrimonio cultural.
Y son héroes culturales porque, a pesar de las circunstancias adversas que los rodean, ellos no cejan, no pierden nunca la llama de la fe, continúan trabajando sin desalientos con la confianza puesta en algo que tardará en llegar, si es que llega: el reconocimiento impreso de su labor.
Y, finalmente, héroes culturales, creo que en la mayoría de los países, son los escritores que empiezan, los más jóvenes. Sobre todo, y perdonadme que destaque mi cuerpo profesional, los poetas. Porque no hay acción más humildemente heroica ni que más pueda conmovernos, que el joven poeta urdiendo sus versos en la soledad, hablándose a sí mismo, pero deseando que alguien le escuche y comparta sus emociones, soñando como sólo saben soñar los jóvenes poetas. Ellos intuyen, presienten, que el camino es duro y difícil, que tendrán que renunciar a muchas cosas, que el oficio de poeta exige muchas horas de aislamiento, de búsqueda interior. Pero todavía no se preguntan: ¿y todo esto, para qué? Ese “para qué” que tantas veces nos preguntamos los escritores que ya contamos con alguna experiencia.
Y son héroes culturales sin saberlo, sin suponerlo siquiera, sin pensar nunca que quizás sólo un horizonte de silencio les aguarda, aunque cada poema escrito con esperanza sea un granito de arena más añadido al patrimonio cultural de sus pueblos.
***
Uno de los sub-temas de este Encuentro lleva por título: “La situación prometeica del héroe cultural en la actualidad”. Estos héroes cotidianos a los que me he referido son como tristes Prometeos encadenados a su dramático destino humano y profesional. Cada día reciben la visita del buitre de la incomprensión y del desamor en sus desgajadas entrañas. Quizás nunca les llegue el aliento liberador de un Hércules que convierta en alegría sus tragedias. Pero ellos siguen en la cima de sus montes, inmovilizados por sus cadenas, pero libres, siempre libres, dándonos el ejemplo de su heroica vocación, alzando sus voces hacia todos los mares, hacia todos los vientos.
Que el callado grito de estos héroes cotidianos anide en lo más profundo de nuestras conciencias.
Que jamás nos olvidemos de estos hermanos nuestros que escriben, y siempre lo seguirán haciendo, a pesar del dolor, a pesar de la indiferencia, a pesar de la opresión y de la injusticia, a pesar de su inmensa soledad.
EL EXTRAVAGANTE OFICIO DEL POETA.
YASNAYA POLYANA
(Artículo publicado en el diario ABC de Madrid en fecha 23 de octubre de 1998. Publicado también en septiembre de 1999, traducido al ruso por Pável Gruschkó, en el “Almanach Yasnaya Polyana”, Tula/Rusia, órgano oficial de los Encuentros de Escritores).
Recuerdo la escena envuelta en una neblina de nostalgia, tan lejana que más me parece fabulación que memoria permanente. Eran otros ritmos de vida, otros sosiegos cotidianos los que enhebraban el tiempo de mi adolescencia. Invierno, mesa camilla con brasero -la badila, echando sus rojizas firmas sobre la ceniza-, afuera, el pavor de la noche. Alrededor de la mesa, mi padre, mi hermana, mi madre con su eterna labor entre las manos, y yo. Todos escuchábamos en silencio la lectura pausada, llena de matices, de mi padre. Lo recuerdo muy bien, porque fueron muchas veladas, sin perder un solo capítulo: Ana Karenina, su lento deterioro espiritual hasta el suicidio, el ambiente cortesano de aquella Rusia brillante y confiada, la vida de los mujiks en la que ya se fraguaban, oscuramente, los cambios futuros, el despliegue psicológico de los personajes: Levin, el príncipe Oblonsky, Alexei Karenin, el conde Vronsky, Kitty, Dolly… y paisajes, costumbres, situaciones, ambientes, en ese amplio retablo por el que campean las más nobles conductas junto a las miserias máUn extravagantes hondas.
Allí, en aquellas páginas sonoras, tan sufridas como gozadas en mi asombro de muchacho, descubrí yo la literatura -la poesía me llegaría poco después por otros cauces- y comencé a amarla tan profundamente como hoy la amo. Y en mí quedaron, ya fundidas para siempre, la palabra de Tolstoy y la voz de mi padre, como un vivo milagro que aún sigue habitándome.
Rusia central. Región de Tula. La extensa finca de Yasnaya Polyana. El otoño ha comenzado a mostrar sus tapices en los bosques: abedules -en ruso, tiernamente femenino: abedulas-, abetos, álamos, encinas, enebros, acebos, se cubren de la más amplia melancolía de colores. Granates intensísimos, amarillos de rara belleza, ocres leonados, verdes somnolientos, inolvidables cárdenos. Y, extrañamente, un azul perfecto en lo más alto, sin una sola nube durante varios días.
Todo tiene aquí una fuerza mágica que envuelve la piel, y nos invade, y se adentra hasta lo más profundo dejándonos apasionadas huellas. Aquí, en este inmenso ensueño vegetal de Yasnaya Polyana, nació y vivió durante más de sesenta años el conde León Tolstoy, ese gran ejemplar humano y literario, orgullo de nuestra vieja y cansada Europa. Y de aquí salió, ya octogenario, inmerso en una repentina locura fugitiva, para morir en una modesta estación de tren, ante el dolorido clamor de Rusia entera. En la casa-museo, que él vivió, muebles, cuadros, libros, viejas fotografías, objetos personales -su camisa, su pluma, sus relojes, sus pesas de gimnasia- y una inagotable, viva presencia. No nos sorprendería encontrarle de pronto en algún pasillo, o tras un macizo de flores, o allá, sentado en un rincón de la arboleda.
El día 9 de septiembre de este año se celebra el 170 aniversario de su nacimiento, de la llegada al mundo del hombre que, además de legarnos una espléndida obra literaria, tanto luchó por humanizar cuanto de inhumano encontraba a su paso. Su tataranieto, Vladimir Tolstoy, artífice, director y entusiasta impulsor de la Fundación Yasnaya Polyana, atiende con generosa cordialidad a los escritores de diversos países que hemos sido invitados al Encuentro conmemorativo. Se presentan ponencias, se leen poemas, se comparten ideas, fervores, emocionados comentarios…
Al fondo de un largo camino de tierra, en un pequeño claro del bosque, a la sombra antigua de los tilos y los arces, que ya inician su ofrenda de otoño, la tumba de León Tolstoy. Como él la quiso: sin inscripción alguna, sin nada que denote que allí duerme un gigante. En la misma tierra, junto a las raíces, como un elemento más de esta entrañable naturaleza, un leve montículo rectangular cubierto de verdor con una cenefa de pétalos. Impone y conmueve, en aquel silencio, tanta sencillez para tal grandeza.
Como conmueve la riada de personas -gente de todas las edades y condiciones- que, desde primeras horas del día, han ido llegando, despacio, como en callada peregrinación, olvidando sus tremendos problemas y dificultades de cada día, para depositar allí sus flores y sus rezos, para permanecer unos minutos ensimismados ante esta tumba, ante este recuerdo que los redime y ennoblece. Varios miles, a lo largo de la jornada. No dejo de pensar, con cierto sentimiento de vergüenza, en nuestras pobres conmemoraciones literarias, reducidas a un público tan concreto como escaso, ausentes, casi siempre, del calor popular.
En su diario, tras uno de sus largos paseos por estos bosques, León Tolstoy dejó escrito: “He salido esta tarde y he vertido lágrimas de alegría y reconocimiento por la vida”. Y es esa misma vida la que, vencida ya la muerte, sigue latiendo aquí, en este inolvidable recinto de Yasnaya Polyana, detenida en el tiempo, pero siempre vibrante, testigo indestructible de una hermosa y serenísima memoria.
EL EXTRAVAGANTE OFICIO DEL POETA.
UNA DESMITIFICACIÓN.
(Ponencia presentada en el X Encuentro Internacional de Escritores de Yasnaya Polyana (Rusia) el 9/9/2005 (traductor al ruso: Juri N. Guirin), y en el XXV Congreso Mundial de Poetas de Los Ángeles (California), el 7/8/2007. Publicada en la Revista “Dunilla Sdebiyyati Xezinesi”, Bakú (Azerbaiyán), el 29/11/2007. Traductor al idioma azerbaiyano: Salim Babullaoglu.
Estas palabras mías, dentro del tema “No puedo guardar silencio...” propuesto para este X Encuentro de Escritores en este paraíso llamado Yasnaya Polyana, van a significar una desmitificación. Una desmitificación del poeta y de su trabajo como “creador”. Creo que puedo hacerlo sin riesgos y con toda tranquilidad, porque yo soy poeta, tengo una amplia obra poética publicada, y desde hace años recorro el mundo impartiendo seminarios de iniciación poética. De todos modos, mi experiencia se centra, como es natural, en la situación del poeta español en la España actual. Pero estoy seguro de que casi todo lo que voy a decir puede ser de aplicación universal.
Está más que comprobado que la presencia de un poeta en ciertos círculos sociales queda muy “decorativa” y que a veces impresiona mucho a algunas personas el hecho de conocer a un poeta, de hallarse cerca de un poeta, de establecer contacto o amistad con alguien que se comunica a través de la palabra poética. Mucha gente nos admira, creyéndonos seres superiores, tocados en la frente por la punta del ala de algún ángel llegado de las alturas. Otra gente, también mucha, nos denigra, considerándonos seres raros, que escribimos cosas raras y que tenemos reacciones raras ante la vida. Y otros, los menos por fortuna, nos consideran peligrosos, casi delincuentes, individuos poco fiables cuyo exterminio no vendría mal.
También hay gente que pretende identificar, equivocadamente, al hombre con el poeta, cuando tantas veces el perfil humano del poeta no coincide con la calidad de su obra. Todos hemos conocido verdaderos miserables que han escrito poemas inolvidables. O buenísimas personas de cuyos poemas conviene alejarse lo más posible para no contaminarse.
Ante todas estas opiniones y posturas, el poeta, con su desconcierto o con su ingenuidad, con su número reducidísimo de lectores, las cortas tiradas de sus libros, sus más cortas ventas, el apoyo -a veces, no siempre- de su familia más cercana y de unos pocos amigos... y su inquebrantable vocación que le hace seguir escribiendo, seguir publicando, o intentando publicar, sin dejarse nunca vencer por el desaliento.
No en vano, nuestro gran Don Miguel de Unamuno cuando editaba un libro de poemas decía: “Hoy he entregado un nuevo libro a la indiferencia de la gente”. Pero ello no era óbice para que, según declarara en alguna otra ocasión, prefiriera pasar a la historia como poeta, más que como el eminente filósofo y ensayista que fue.
Realmente, el poeta escribe poemas porque necesita hacerlo, porque esa es la forma en que puede expresar mejor y de manera más exacta todo ese cúmulo de sensaciones, ideas y emociones que lleva dentro y que en determinados momentos “le piden paso” para que él les dé el cauce adecuado a través de sus versos, con la ayuda de sus conocimientos idiomáticos y el buen manejo de esa maravilla mágico-lingüística que llamamos metáfora. Pero sabe que la compensación por su trabajo -suponiendo que busque alguna compensación- va a ser muy escasa, cuando no ninguna. Se contenta con la posibilidad de que alguien un día -ahora o en un lejano mañana, es igual- lea sus poemas, comparta sus emociones y encuentre en ellos alguna respuesta largamente buscada o alguna vía de indagación existencial. Y, por supuesto, le justifica la tranquilidad física y espiritual de hacer lo que tiene que hacer: enfrentarse a la cuartilla en blanco para dejar en ella su poema, a veces como una huella, a veces como una gota de sangre, a veces como una lágrima, a veces como un rastro de alegría de vivir o de asombrada contemplación de la idea de la muerte.
Pienso ahora en los novelistas, en especial los que alcanzan el éxito, con grandes y repetidas ediciones de sus obras, miles y miles de lectores, cuidadas traducciones, abundantes liquidaciones de derechos, presencia frecuente -y bien remunerada- en los medios de comunicación, campañas publicitarias, firmas masivas de sus libros... y pienso en el humilde poeta al que, con muy pocas excepciones, sólo le llega la gloria en migajas, casi en pequeñas limosnas: unos pocos artículos sobre su libro más reciente, escritos casi siempre por buenos amigos... una lectura pública a la que asiste una muchedumbre entusiasmada de unas 20 personas... alguna corta entrevista en la radio, en horas de muy poca audiencia... alguna carta de un personaje influyente agradeciendo el libro enviado y diciendo que en cuanto tenga tiempo lo leerá con mucho gusto... Recuerdo un aforismo del escritor hondureño Augusto Monterroso que, con gran clarividencia, aconseja: “Poeta, no regales tus libros; destrúyelos tú mismo”. Cuánto hay de amarga verdad en esta aparente frase de humor.
Heroico, queridas amigas y amigos; el papel del poeta en nuestra sociedad actual es, sencillamente, heroico. Pero, ¿qué es lo que buscamos? ¿Por qué insistimos? ¿Cómo no nos desalentamos ante tanta indiferencia, ante tanto silencio a veces? ¿Por qué seguimos y seguimos empecinados en nuestra labor, dedicando horas y horas a perseguir la palabra exacta, la expresión precisa, el más hondo y vibrante latido de emoción?
Ante tal falta de incentivos, el poeta reacciona, por regla general, con la vanidad. Con una hipervaloración excesiva de sí mismo y de sus cualidades poéticas que le lleva a considerar -o a proclamar en cuanto tiene un auditorio adecuado- no sólo que lo suyo es muy bueno, sino indiscutiblemente mejor que lo de todos los demás. Y si no puede proclamarlo porque una pizca de sentido común o de pudor se lo impide, es seguro que, en su intimidad, lo piensa y está convencido de ello.
Esta vanidad en muchos casos roza lo ridículo, cuando no lo patético. Aunque, por otra parte, esta vanidad también es comprensible. Porque el poeta, desde los viejos siglos, se sabe inmortal. Lo que pasa es que siempre olvida que su inmortalidad dura escasísimos segundos.
Hay un antiguo chiste en mi país que caricaturiza con exactitud esta faceta de la vanidad. En él aparecen dos poetas hablando amigablemente y de pronto, uno de ellos le dice al otro: “Bueno, ya está bien. Llevamos una hora hablando de mí. Hablemos también de usted: ¿Qué le parece mi último libro?”
Adornados de las cualidades y carencias que hasta ahora he mencionado, no es de extrañar que a los poetas nos encante auto-denominarnos “creadores”, casi con un monopolio exclusivo de ese nobilísimo título. De acuerdo: ya sabemos que el término “poesía” viene del griego “poiesis”, creación. Y que el poeta, por tanto y etimológicamente, es un “creador”. Pero no es el único creador. ¿Qué hace el pintor ante el lienzo? ¿Y el músico ante el papel pautado? ¿Y el escultor ante el bloque de mármol?, por no citar tantos y tantos oficios y tantas profesiones en las que lo “creativo” es fundamental. Pues todos ellos, sencillamente, “crean”, son “creadores” también porque, actuando sobre realidades más o menos inertes o inocuas, dan vida a realidades nuevas y distintas, plenas de contenido ético y estético. Cada manifestación artística tiene su propia forma de expresión. En nuestro caso, y como dice el gran poeta español José Hierro equiparándonos a trabajadores artesanales: “nuestro instrumento es el idioma; nuestra materia prima es la vida”.
Exactamente: la vida. Ahí reside el epicentro, el núcleo de la actividad poética; de ahí parten todas las motivaciones que nos impulsan a ser fieles a este oficio tan hermoso como cruel. Pero la vida en sus dos vertientes: la interior del poeta, con su cúmulo de experiencias, dudas, certezas, emociones, memorias, fabulaciones, impresiones... todo ello decantado por la especial hipersensibilidad que le caracteriza; y la vida externa, la que le rodea cotidianamente y transcurre implacable, con su denso vendaval de luces y de sombras, de llagas y de cicatrices, de gritos destemplados y de serenas melodías de amor.
El poeta no puede prescindir de la vida, esta hermosa miseria que llamamos la vida, porque de ella, consciente o inconscientemente, extrae los materiales necesarios para su labor creadora. Día a día, por los caminos o procedimientos más diversos, desde la constatación de la verdad a la fabricación de la mentira (recuerdo ahora los versos del portugués Fernando Pessoa: “El poeta es un fingidor:/finge tan perfectamente/que llega a fingir que es dolor/el dolor que de verdad siente”), día a día, digo, ese extravagante espécimen humano va dejando constancia de su tiempo y de todo el cúmulo de intuiciones y sentimientos que su tiempo le inspira. En este sentido, el poeta es un cronista, un testigo fehaciente de la época y de las circunstancias que le han tocado vivir. Y quizás por ello, la historia de la humanidad haya que buscarla no en los minuciosos trabajos ni en las profundas investigaciones de los historiadores, sino en la obra de los poetas, en la que, desde los lejanos tiempos, vibra y palpita el acontecer del mundo, la detallada relación -certera o idealizada- de su devenir.
Ignorados, raros, incomprendidos, soberbios, vanidosos, manipuladores del idioma, dados a la imaginación y a la locura, amigos de la ficción... De acuerdo, así son. Pero estos denostados y humildes creadores, desde que el mundo existe, han ido sembrándolo generosamente de belleza y siempre han sabido alzar sus versos emocionados como espadas acusadoras ante el miedo, el dolor, la injusticia, el abuso de los poderosos, el llanto de los débiles, el viento atormentado del desamor.
Ya ven ustedes: comencé desmitificando al poeta, y ahora estoy casi glorificándolo. Perdonen ustedes mis contradicciones. Quizás haya sido porque, como afirmaba Jean Cocteau, “los poetas somos unos grandes mentirosos que siempre decimos la verdad”
QUIERO DECIR...
(Ponencia presentada el 20/10/2002 al XXXVII Encuentro Internacional de Escritores de Belgrado. Todavía estaban abiertas las heridas de los criminales e injustificables bombardeos de la OTAN del año anterior. Publicada en noviembre del mismo año en la revista Anales de Matischa Srbska, de Novi Sad (Serbia), en traducción de Silvia Monrós-Stojakovic).
QUIERO DECIR...
(Ponencia presentada el 20/10/2002 al XXXVII Encuentro Internacional de Escritores de Belgrado. Todavía estaban abiertas las heridas de los criminales e injustificables bombardeos de la OTAN del año anterior. Publicada en noviembre del mismo año en la revista Anales de Matischa Srbska, de Novi Sad (Serbia), en traducción de Silvia Monrós-Stojakovic).
Queridos amigos y colegas: Después de ofrecerles mi más cordial saludo, y acogiéndome al tema genérico propuesto para este Encuentro, quiero decirles algunas cosas.
1) Quiero decir: que amo la nieve, ese inmenso y puro milagro que en el invierno cubre y arropa los campos, los tejados, las altas cúpulas, los bosques y montañas, envolviéndolo todo con la silente paz de su belleza.
Y que nadie tiene derecho, nadie, a ensuciar esa blancura, ni siquiera con una mínima gota de sangre.
2) Quiero decir: que amo el silencio. Porque en el silencio el tiempo adquiere otra dimensión, y en el silencio encuentro la necesaria serenidad para mi labor creativa, para la meditación, para los ejercicios de introspección que me conducirán al poema, al artículo, al relato.
Y que nadie tiene derecho, nadie, a romper ese silencio con sirenas, alarmas, chirridos, gritos de dolor, gritos de rabia, llantos de impotencia.
3) Quiero decir: que amo el cielo azul, claro, sin nubes, espléndido en su evocadora infinitud, habitado tan sólo por la presencia amparadora y vibrante del sol.
Y que nadie tiene derecho, nadie, a nublar ese azul con oscuras humaredas, a ensombrecer el sol con el eco de lejanos incendios, a convertirlo en trágico anticipo de la noche.
4) Quiero decir: que amo la primavera. Porque en ella renace la vida, y yo amo la vida. Porque los árboles vuelven a ser árboles a través de sus ramas verdecidas, y las flores asoman su exacta perfección, y todo es como un canto elevado hacia Dios.
Y que nadie tiene derecho, nadie, a interrumpir ese canto, a convertir esos árboles en memoria, en pobres esqueletos renegridos, y esas flores en ternura desolada y pretérita.
5) Quiero decir que amo los ríos (“nuestra vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir...”, dijo el poeta español Jorge Manrique, en el siglo XV), con su imagen fugaz y permanente a la vez, con sus largos viajes a través de paisajes y fronteras, con el bullicio de su vida interior, con su limpio canto de libertad
Y que nadie tiene derecho, nadie, a convertir esos ríos en estampa del horror y de la destrucción, a llenar sus cauces de puentes derruidos, de barcos naufragados, sus orillas de miradas llenas de asombro y desaliento.
6) Quiero decir que amo las mañanas, ese renacer diario que con sus luces cambiantes nos llena los ojos de esperanza, y nos hace respirar con más anhelo de vida, e inunda nuestras sienes de un rocío colmado de futuro.
Y que nadie tiene derecho, nadie, a hacer que mis mañanas sólo sean una oscura sarta de dudas y preguntas: ¿Qué será hoy de mí y de mi gente? ¿Qué nueva tristeza me traerá el día? ¿Hacia dónde mis pasos sin destino?
7) Quiero decir que amo los niños, porque en sus ojos reencuentro mi propia infancia, y en sus preguntas toda la ingenuidad que perdí, y en sus risas descubro una confianza en la vida que yo quisiera mantener viva, a pesar de todo.
7) Quiero decir que amo los niños, porque en sus ojos reencuentro mi propia infancia, y en sus preguntas toda la ingenuidad que perdí, y en sus risas descubro una confianza en la vida que yo quisiera mantener viva, a pesar de todo.
Y que nadie tiene derecho, nadie, a hacer que en los ojos de los niños surja siquiera una lágrima, ni a hacer que sus preguntas no tengan respuesta, ni a que el miedo o la desesperanza anulen para siempre la verdad de sus risas.
8) Quiero decir que amo los libros. Porque en ellos encuentro la auténtica amistad, la fuente más segura de placeres éticos y estéticos, el calor de quienes, hace siglos, o hace días tan sólo, quisieron acercarse a mí para dejar ante mis ojos la cálida verdad de sus palabras.
Y que nadie tiene derecho, nadie, a quemar mis libros, a destruirlos, a desparramar sus páginas entrañables entre paisajes desolados de ruinas, de escombros, de rescoldos humeantes.
9) Quiero decir que amo al ser humano, tal como es, con sus virtudes y sus defectos, con sus cualidades y sus carencias. Aunque sé que, en algún rincón perdido de nuestra personalidad de seres humanos habita una pequeña porción de lobo dormido, que procuramos mantener en un hondo letargo.
Y que nadie tiene derecho, nadie, a despertar ese lobo dormido.
10) Y para terminar, quiero decir que amo profundamente la poesía, como manifestación de lo más hondo del ser humano, y que amo profundamente mi oficio de poeta, que procuro ejercer honesta y responsablemente.
Y que nadie tiene derecho, nadie, a sembrar el dolor, la miseria y la tristeza, obligándome a que en mis poemas tenga que solidarizarme con tanta gente que sufre, cuando tan hermoso podría ser solidarizarse con la felicidad y la alegría si el dolor, la miseria y la tristeza no existieran.
Esto es todo lo que quería decirles. Y porque así lo pienso y así lo siento, así lo escribo. Y así lo digo.