ARCHIVO DE POEMAS PUBLICADOS (orden alfabético de títulos)

 Se incluyen aquí los poemas que han ido apareciendo periódicamente en la Página Principal de este blog.


ÁRBOL

(De “La huella en la ceniza”)

Arriba,
el tronco erecto, fiel a su estatura,
valientemente alzado hacia las nubes,
la hospitalaria copa navegando
las audacias sin fin de cada viento,
el alegre bullir de savia nueva
en sus hondas y cálidas entrañas,
el verde parpadeo de sus hojas,
su acogedor arrullo, su serena
estampa de gigante adormecido.
Abajo,
un mundo inaccesible y turbulento
pleno de oscuridad e incertidumbre.
Raíces laborando como topos,
retorcidas, vibrantes, imponiendo
sus leyes cotidianas e infinitas,
extendiendo con furia sus dominios.
No hay mañanas, ni trinos ni contornos:
solamente un recóndito silencio
y una ciega avaricia encarnizada…

Lo mismo que ese árbol anclado en el sendero
yo tengo mi paisaje abierto a un horizonte
de eternas madrugadas, de pájaros insomnes,
y una esperanza nueva que me recubre el alma
como una primavera que estreno cada día.

Lo mismo que ese árbol, yo tengo mis penumbras,
mis luchas doloridas, mis viejas soledades
horadándome el pecho, y una vaga nostalgia
posada entre las venas, acechando un resquicio
para inundar mi pulso con su tristeza viva.

Lo mismo que ese árbol, me crezco en la alborada,
comento con la tarde mis últimos poemas
y encierro en un profundo destierro sin fronteras
mis íntimas heridas, mis tedios, mis hastíos.

Lo mismo que ese árbol, olvido la ventisca,  
las estepas heladas, el vendaval de aullidos 
que el desamor y el odio alientan y derraman,
y ofrezco al caminante mi sombra y mi remanso.


BALADA DE TU NOMBRE
(De “Ardieron ya los sándalos”)

Digo tu nombre y todos
los sándalos se yerguen
y despierta el azúmbar
y el amaranto crece y se desvive
y el áloe se endulza iluminado.

Digo tu nombre y todos
los acantos se agitan
y el calalú me envidia
y la hierba doncella se sonríe
y asoman sus raíces las verónicas.

Digo tu nombre y todos
los espliegos me buscan
y la cañuela canta
y brinca como loca la artemisa
y el toronjil me silba ilusionado.

Digo tu nombre y todos
los muérdagos me miran
y la alhucema baila
y la angélica se vuelve caprichosa
y hasta la jara olvida sus jarales…

Porque decir tu nombre
es resumir el mundo
en sólo dos palabras,
mientras habla de amor la hierbaluisa
y repica sus pétalos la albaida”)


BOCETO PARA EL RETRATO DE UN POETA
(De “Cuaderno de los acercamientos”)

Tú puedes ver en el ardido leño
el altísimo árbol de su origen,
y en el reseco predio del rastrojo
desmelenados mundos de trigales;

consigues comprender el llanto antiguo
de la tarde en las alas del vencejo,
y construyes heroicas primaveras
sobre las hondas ruinas de la angustia;

hermano te respiras de los hombres
que rozan tu costado, y te dueles
con su mismo dolor, y les compartes
tu banquete de espigas y esperanza;

deshilvanas tus dudas cada día
pensando sin rencor ante el espejo
que la vida y la muerte son asuntos
eternos, pero siempre cotidianos;

aunque truecas tus horas por metales,
maniatado y vendido, sigues siendo
el rey indiscutible de tu frente,
con una libertad de viento y nubes;

enamorado estás de la palabra,
bulléndote ese amor entre los huesos,
y quieres horadar sus laberintos,
dignamente sufriendo sus ausencias;

nunca estuviste solo en tus buhardillas
porque es la soledad tu compañera,
y sabes escuchar entre sus brazos
la indomable ternura del silencio;

averiguas la alquimia del latido
y en los rojos crisoles de tu pecho
paralizas el vuelo del instante
rescatándolo al tiempo y su avaricia;

en la memoria llevas una llama
como una herida viva, y conoces
que eres capaz de navegar tu sangre
a la luz de esa llama y de esa herida…

Por eso
en la inmensa planicie de tus noches
dueño eres de todo un universo,
y te goza el prodigio frecuentado
de renacer ardientes manantiales
en el limpio volcán de tu garganta.


CANTO FINAL
(De “Adagio mediterráneo”)

No puedo concebir el mar sin mí
ni puedo concebirme sin mi mar:
nací junto a la ausencia de mi mar
y su memoria azul habita en mí.

Con su claro prestigio vibra en mí
la sonora presencia de mi mar:
la voz apasionada de mi mar
me dice que sin él no hay yo ni hay mí,

y tan hondo el amor alienta en mí
que cuando no estoy cerca de mi mar
siento mi corazón lejos de mí.

Eternamente unidos yo y mi mar:
porque mi mar es ya parte de mí,
y un día seré parte de mi mar.


COMPAÑERA DE LUNAS 
(De "La mirada intramuros")

Despertar en tu sueño, y sentir que tus brazos
navegan lentos mares, descubren mundos nuevos.
Me refugio en tu aliento. Una lluvia cercana
nos revela que afuera puede acechar el llanto. 

Fluye de ti el silencio de esta casa-regazo,    
en sus blancas paredes tus perfiles evoco,
perfumas a tu paso la levedad del aire,
haces de cada gesto un pequeño milagro.

Vivir es una alegre aventura a tu lado,
en tus labios me esperan hondas constelaciones,
tus ojos acarician mis muros interiores,
en tus manos anidan los más serenos pájaros.

La clepsidra del tiempo deja caer los años,
pero tú sigues firme, ajena a vendavales,
viendo en cada ventana un paisaje distinto,
oyendo en cada rama un arcángel callado.

Compañera de lunas: todo está comenzando,
no hay nada que derroque la luz de esta mañana.
Háblame de la espuma, dime del universo:
cada vez que te escucho en tu voz me renazco.


CUERVOS
(De “La mirada intramuros”)

Los veo algunas tardes sobrevolar la casa
con su orgía de lutos y graznidos.
Siempre me he preguntado: ¿si los cuervos
supieran que son cuervos,
querrían seguir siéndolo?
Porque lo fácil es ser oropéndola,
ruiseñor, colibrí,
o ave migratoria de estilizado cuello
y blanco plumerío.
La vida de los cuervos es mucho más difícil:
Soportan con paciencia las miradas
de temor o de odio
que las gentes les lanzan desde abajo,
tienen tan mala prensa
tan cruel bibliografía,
que casi todos dicen que son de mal agüero,
ánimas infernales cumpliendo sus condenas,
alados mensajeros para sembrar la sombra.
Si un día conocieran su condición de cuervos,
morirían de pena, estoy seguro.
Que no lo sepan nunca:
lo mejor es dejarlos en su alegre ignorancia,
en el mundo inocente de su inquieta negrura.
Hagamos que los cuervos -es decir: esos pájaros-
avecicas de Dios al fin y al cabo,
sigan siendo felices…
           simplemente volando.



DEL ODIO POCO SÉ

 (De "La huella en la ceniza")



Del odio poco sé: pasó el invierno

y mis copos de nieve se fundieron

en arroyos de olvido transparente.



Mas siempre, ante los ojos

abiertos a la noche del mendigo,
ante el bostezo de la indiferencia,
ante el hombre cercado por el miedo,
ante la mano que maneja el hacha
cercenadora y cruel, ante las lágrimas
de la triste paloma encadenada,
o ante cualquier dolor sin argumentos,
yo siento un borbotón de sangre antigua
que me crece y me sube hasta los dientes
como un viento de muerte amanecida.
Entonces, derrumbada
mi frágil armadura, me maldigo
como cómplice mudo de esa herida,
regreso a mis trigales, a mis ríos,
me busco el corazón y al fin lo encuentro
en un sueño de rabia e impotencia,
en un sueño rebelde
                                          de llanto dolorido.


DIGO AMISTAD
(De “La huella en la ceniza”)


Digo amistad y se me ensancha el alma
con un eco de mares infinitos,
albatros aletean en mis sienes,
veleros se me adentran y me surcan.
Digo amistad y me resuena al fondo,
en la región  lejana de la sangre,
una sutil y exacta melodía
fundida a un entramado de latidos.
Digo amistad y me domina un viento
de generosa entrega. En la serena
ternura de la tarde, ese viento
me alza, me remonta, se me ofrece
como un limpio refugio.
Digo amistad, y simplemente digo
abierta transparencia, línea pura,
silencios compartidos, paralelos
reflejos y caminos…
Un amigo es un árbol: tarda años
y años en crecer. Mas cuando alcanza
su hermosa plenitud, su permanencia,
¡qué firmeza su tronco, qué remanso
su sombra, qué frondosidad sin límites
nos aguarda en su copa!
Si algún trágico día
un huracán de muerte lo derriba,
desgaja sus entrañas, acalla para siempre
su voz alentadora y compañera,
se nos agrieta el pecho y se nos queda
el alma envejecida. No hay dolor
tan claro y tan tenaz como ese exilio
hacia la eternidad. Yo lo he sufrido.


DONDE EL POETA POSA SUS MANOS
EN LA CINTURA DE LA AMADA
Y ABSORTO PERMANECE
(De “Territorio del fuego”)

Estas manos que saben de antiguos paraísos,
de patrias escondidas donde la brasa impera,
de volcanes que cantan coronados de púrpura,
de riberas sedientas y ardidas oquedades.

Estas manos que habitan ensenadas de fiebre,
que recorren a ciegas los cubiles del tigre,
y descubren el pulso de los ritos prohibidos
y llevan en su idioma el temblor de las islas.

Estas manos amigas de los astros sin sueño,
que levantan columnas y amansan unicornios,
que dominan la espuma del yunque y la colmena,
el milagro del prisma, la rebelión del mástil…

Estas manos se tornan alfareras y humildes
al posarse en el barro de tu exacta cintura,
y modelan despacio su curvo manantío,
su vuelo de gaviota, su respirar de nave.

Y ajenas permanecen a hogueras muy cercanas,
detenidas y absortas en esta geografía
donde tu cuerpo alcanza la plenitud más pura:
ese prodigio tuyo de un mayo perdurable.


DONDE SE DICE DE LOS LABIOS DE LA AMADA
Y EL POETA ES ALCANZADO POR UNA
DULCE MUERTE
(De “Territorio del fuego”)

Cauces de la palabra, sembradores
de hielos o luciérnagas,
ya manantial altivo, ya planicie
frutal, enredadera
de muérdago y campana, antesala
de intrépidos galopes hacia siempre,
de plenilunios largos como nunca.
Mas sobre todo, cráter,
tierno cráter de luz que me sucumbe,
que entero me derrama hacia el olvido,
atalaya trigal, silbo del fuego,
vestíbulo feraz del mediodía.
Quizás, tras de vosotros, una lluvia,
una lejana lluvia que amanece
recubierta de sueño,
        como un musgo
que invitara a vivir lo no vivido,
pregonera de un tiempo inevitable
que en esta patria tiene su manida.

Entre cráter y musgo me desvelo:
una aldaba, una voz, un desafío.
No sé si me llamáis o soy quien llama
ni quién es tigre aquí, ni quién paloma,
pero el imán ejerce su mandato,
se hace viento la sangre, manifiestan
las ascuas su destino.
Lentamente me acerco:
              ya os respiro,
                                          ya soy,
ya casi nazco.
Si vosotros quisierais,
si quisieras...
Qué serena canción, qué profecía,
qué inmune realidad en vuestro cuenco
inagotable y mío.
Qué dulce muerte así,
          qué muerte ahora.


DONDE SE DICE DE LOS OJOS DE LA AMADA
Y DE SU EXTRAÑA PROXIMIDAD
(De “Territorio del fuego”)

Yo no sé qué sucede, amiga mía,
con tus ojos:
los tengo siempre cerca,
tan lluviamente próximos
que con ellos tropiezo a cada instante
como el viento tropieza con los pájaros.
No sé si es que los pierdes,
los dejas olvidados,
como olvidas y pierdes tantas cosas al día:
tu inocencia, el futuro,
el sabor de los miércoles...
o es que son, simplemente, derramados y múltiples,
de mirada plural y peregrina.
Los encuentro en mis libros
resumiendo en su azul la mar entera,
en el llanto cansado de los viejos retratos,
en la luz del quinqué, en los estuches
donde guardo tu ausencia,
en todos los espejos,
en todas las estatuas,
en todas las adelfas.
A veces me vigilan desde el techo
con su casta negrura,
o juegan con el gato en las alfombras,
o surgen de repente entre las teclas
de mi olympia portátil
y entonces ya no hay forma de acabar el poema.
Cuando voy por la calle me persiguen
con su verde milagro de arrayanes,
se posan en mi hombro,
saltan a las buhardillas,
o esperan escondidos detrás de las farolas
hasta que los descubro y se diluyen
en un vuelo de risas y pestañas.
Y en la noche, dormido, se me acercan
con su pardo color de miel antigua,
los noto acariciarme, meterse entre mis venas
y navegar mi cuerpo mansamente
en una singladura de párpados y sueños.
Ah, tus ojos tempranos que todo lo amanecen,
tus ojos caminantes que lo bautizan todo
con el agua más clara,
tus ojos unitivos
que atraviesan mi tiempo y lo reducen
a su doble universo,
       tus ojos compañeros,
tus ojos: tantos ojos
       que jamás me abandonan

EL GATO
(De “La mirada intramuros”)

Todos los escritores con corazón se han ganado
 un gato que los sigue y los protege.
                                 Osvaldo Soriano

Llega desde su olimpo,
avanza muy despacio por la casa
con su preciada carga de secretos,
miedos inesperados,
intrépidas pesquisas.
Se me acerca, me mira, me olfatea
con un trémolo leve en su nariz de príncipe,
y después se sumerge en la quietud,
ajeno, ensimismado.
Tras resolver sus dudas, decide que merezco
un poco de atención, quizás incluso
un poco de cariño.
Y en ese mismo instante sus ojos verdeoliva
se humanizan, me entregan
esa convexa lumbre en la que alienta
un sereno universo de locura.
Y me siento admitido, incorporado
a su mágico mundo, parte ya
de su vivo misterio deslizante.
Un salto a mi regazo me demuestra
su imperturbable vocación de amigo,
su firme voluntad de protegerme
de vendavales, lágrimas, heridas,
asechanzas oscuras.
Y así me lo declara su enigmático
y lento ronroneo,
como un largo monólogo,
como una larga nana rumorosa.
Con silente emoción, pongo mis manos
sobre su cuerpo, vibro
con su ondulada y cálida verdad,
siento el  pálpito fiel de esta mínima vida
en cuya compañía 
me renuevo, me encuentro, me descubro.

(Qué feliz yo sería si este humilde
milagro de ternura
que aquí late a mi lado,
además de existir en mi poema…
de verdad existiera).

EL HÉROE
(De "Los sigilos violados")

(Estatua ecuestre de un aguerrido militar cargado de medallas, junto a un estanque, en un parque público.)

Enardecido el puño, diamantinos
sus ojos de guerrero.
Pendiente del estanque y de sus torvas,
temibles barquichuelas.
Poderosa su espada, vigilando
el fragor de los árboles.
Bravo el gesto, quizás brava la voz
cuando arenga a los pájaros.
Dispuesto a los combates más celestes
al frente de sus nubes.
Olvidado del miedo y de la huída
ante las primaveras.
Atento al resonar de los clarines
cuando el viento acomete.
Imagen del valor, altos designios
en el bronce imbatible de su testa,
al triunfo y la victoria siempre alzada.

Abajo, junto al tierno pavor de las palomas,
los viejos piensan en sus viejas cosas,
los mayores pasean muy despacio
comentando la vida.
                                            Y los niños,
los niños invencibles,
ajenos al clamor de las batallas…
sencillamente juegan.


EL INICIO/EL AMOR
(De “El clavicordio ante el espejo”)


1.- EL INICIO

Era largo el amor bajo los pinos.
Pequeños como espigas, nuestros cuerpos
habían descubierto manantiales
de adelfas y jazmines
dormidos en la piel.
Los labios extendían
su hermosa dictadura
como si fueran ráfagas
de un viento inagotable,
y en la memoria el tiempo dispersaba
las primeras semillas de una lumbre
dulcísima y feroz.
Yo jugaba despacio con el rubio
milagro de sus trenzas,
modelaba en mis manos su ternura
hecha barro reciente y ofrecido.
Y ella, toda universo, me miraba,
duradera y fugaz como una aurora.
Era largo el amor, y prodigiosas
aquellas horas lentas
tan repletas de luz, tan regresadas
a través de la lluvia.
Mas, ¿era aquello amor, o solamente
la vida que brotaba
fulgurante y sumisa ante nosotros?
Entonces no sabíamos
dónde estaba el secreto de los astros
y la respuesta anclada, lejanísima,
nunca rompió el sigilo…
Pero adentro, en las hondas
veredas de la sangre,
un ancho patrimonio de volcanes
resonaba.


2.- EL AMOR

Ella duerme despacio
con un lento galope de gacelas
reclinado en su frente. Es hermosa
como una fruta fresca, como un ágata,
como un tallado capitel. Escucho
la lejana andadura de sus párpados,
el navegar inmóvil de su olvido,
su exacta placidez de hierbabuena.
Una fragancia leve
de ocultos hontanares
me descubre su cuerpo, esa clara campiña
de juncos y laúdes
donde mis labios posan su algarada
fluvial, perseguidora. No hay distancia
más corta hacia la llama
ni amanecer más puro. Se adivina
una alquimia voraz, un burbujeo
debajo de su piel,
como una permanente sembradura
de vides y crisoles…

Y sin embargo, el tiempo
maneja oscuramente sus cinceles,
su taladro tenaz:
Yo sé que el triunfo
será suyo, que nada puede huir
de su terca presencia.
Y sin quererlo, veo
la yedra recubriendo los alcores
de sus pechos, su boca desolada,
abatida y sumisa su cintura,
arrasado su vientre luminoso,
y un vendaval de hielo
sobre esa isla bruna que ahora emerge
feraz y retadora
sobre su mar de ópalos ardidos…

Pero ella duerme, cálida y ajena,
albergada de espumas.
            La contemplo
serena mi palabra, confiado:
porque jamás el tiempo
derrocará su sueño,
y seguirá su frente con un lento
galope de gacelas,
por el amor salvada, redimida.


EL LOCO
(De “Los sigilos violados”)

La gente ser reía…
de su torpe figura sin destino,
del zambo caminar de su mirada,
del invierno posado en su sombrero.
La gente se reía…
de la lucha del aire con sus manos,
de sus tercos zapatos de difunto,
de la humilde altivez de sus enconos.
Era tan sólo el loco, así, sin nombre,
como un absurdo viento por la calle,
como un trozo de sol inesperado.
La gente se reía…
Iba de parque en parque recorriendo
la ruta de los pájaros.
Con rotundos discursos
explicaba a su sombra
que los pájaros eran
sus únicos amigos,
que con ellos hablaba, que le hablaban
desde las limpias copas de los árboles
contándole sus anchas aventuras,
sus idas y venidas, los asombros
radiantes de sus alas.
La gente se reía…

Se lo encontraron muerto
una alegra mañana, tras las tapias
de la vieja dehesa.
Nadie supo explicarse
cómo pudo morir en primavera.
Nadie supo explicarse
el porqué de su cuerpo derruido
bajo una inmensa nube
de pájaros llorando.



EL MAR
(De "De la memoria azul")

El mar quedaba allá, tras la frontera
de los montes oscuros,
casi latía, casi se escuchaba
su azulado rumor.
El cálido vaivén de sus espejos
rozaba nuestra sangre
desplegando un vestigio de campanas
donde todo era olvido.
Lo sabíamos nuestro,
cercano, fulgurante,
pero quedaba allá,
en una dolorida lejanía,
a la distancia justa
del grito y de la lágrima.
Lo vi por vez primera
una mañana alzada sobre el ámbar,
una de esas mañanas transparentes
donde sólo es posible algún prodigio
que obligue a renacer.
Ante aquella verdad,
ante aquel llamamiento iluminado
poderoso y eterno como un padre,
sólo pude llorar y prometerle
una intocable estrella en mi memoria.
El mar quedaba allá, tras la frontera
de los montes oscuros.
           Durante algunos años
hubo un niño que quiso ser gaviota
y en las sedientas tardes,
cegado y malherido por el páramo,
tristemente volaba
sobre un acantilado de trigales.


EL MAR LLEGÓ CONTIGO    
(De "Ardieron ya los sándalos")

Yo nunca tuve el mar:
mi infancia oscura
fue una siesta de cobre en alacenas
donde todo era fuego y jaramago,
donde todo era un rito de orfandades,
de pupilas vacías.
El mar era mi llanto:
         albatros en mi frente
me hablaban de esa patria, dibujaban
sus azules fronteras,
su extensa libertad, su luz sonora.
Y yo en mi ausencia,
        niño triste y cansado,
viendo pasar los días.
Pero llegaste tú,
y el mar llegó contigo.
Traías en tus manos la pulpa de las olas,
brilladora y furtiva, en tu pelo
un rebullir de peces asombrados,
y en tus ojos isleños
como un viento salino que cantara.
Era tu piel de arena, tu cintura
una tierna bahía,
tus pechos desbocados un refugio
de veleros sin sueño,
hasta en tu voz guardabas
un no sé qué de brújulas y espumas.
Y te acercaste a mí:
      en tus acantilados
yo vi nacer el sol,
me cobijé en tus playas,
aprendí a navegar entre tus islas,
y me encontré la vida buceando
tus simas luminosas.
Yo nunca tuve el mar:
mi infancia oscura
era un sediento páramo sin nombre.
Pero llegaste tú,
                                  y el mar llegó contigo
 para siempre.


EL MILAGRO
(De “Los sigilos violados”)

Si un día, al despertar, veis que en los brazos
os han crecido ramas,
que minúsculas hojas como estrellas
brotan de vuestros dedos,
y que la piel se os cubre lentamente
de un musgo serenísimo.
Si no podéis andar, porque una hermosa
maraña de raíces
nace de vuestro pies y os encadena
buscando entre la tierra las ocultas
respuestas a la sed, el ciego origen
de la piedra y el agua.
Si el viento es algo más que una llamada
batiendo los cristales,
y se acerca a vosotros y os acuna
con antiguas canciones,
desvelando a los pájaros lejanos
que os arden en el pecho.
Si el río es un vecino venerable
y su voz os alienta y acompaña
en las tardes oscuras,
y alumbra vuestros ojos describiendo
sus remotas andanzas,
el clamor de sus huellas imposibles…
No temáis, el milagro
se ha hecho luz vegetal, fructificada
promesa en vuestra sangre:
Árboles sois, anclados universos,
esperanza de humanas primaveras,
prisioneros y libres. No os preocupe
la especie ni la forma:
es igual ser ciprés, nogal, olivo,
araucaria o enebro… Lo que importa
es disponer de sombra y ofrecerla
a todo caminante,
vigilar en silencio los senderos,
y aguardar la llegada de quien quiera
grabar en vuestro tronco
unas pobres palabras de tristeza,
un radiante dibujo de alegría,
o una fecha de amor entre iniciales.


EL NIÑO
(De “Los sigilos violados”)

Hay un niño que llega cada día
ofreciendo su mínima intemperie
sobre el claro mantel del desayuno.
Levemente se asoma
por la ventana gris de algún periódico,
sin lágrimas ni risas en su rostro:
sólo pura mirada
y un humilde cansancio de terrores
derramado en sus labios.
Viene desde muy lejos:
de las tierras del fuego y la tristeza,
de selvas y arrozales,
de campos arrasados, de montañas perdidas,
de ciudades sin nombre ni memoria
donde la muerte es sólo
una muda costumbre cotidiana.
Tal vez trae en sus manos
algún pobre juguete:
el fusil que encontró en aquella zanja
junto a un hombre dormido,
las inútiles botas de su padre,
el arrugado casco de aluminio
del hermano más alto y más valiente,
el trozo de metralla
que derrumbó su infancia en un instante.
Se sienta a nuestra mesa, quedamente,
como si no estuviera,
y contempla asombrado los terrones
de azúcar, las galletas,
la alegre redondez de las naranjas,
la taza de café, con su recuerdo
de humaredas oscuras.
Nunca nos pide nada: sólo mira
desde un viejo silencio,
con un largo paisaje de preguntas
remansado en sus párpados.
Y permanece inmóvil,
clavándonos el tiempo en su palabra
que nunca escucharemos.
Como si fuera un niño, simplemente.
Sin saber que en sus ojos
lleva la herida grande
de todo el universo.
                                          
EL SECRETO
(De “Cuaderno de los acercamientos”)

Ya todos lo sabéis,
mas quiero recordaros
que el secreto es sencillo:
simplemente
hay que saber mirar,
aunque la luz nos duela en las pupilas.
Mirar en derredor.
dejar la huella
de nuestro claro asombro estremecido
en la tersa madeja de los días
hasta horadar las grietas del silencio.
Después,
aprisionar en la memoria
ese raudal de dádivas
que generosamente nos ofrecen
tantas hondas verdades escondidas
en las cumbres del del tiempo y del espacio.
Luego, reír, llorar,
enamorarnos
de todo el universo,
incorporarlo a nuestra piel,
hacerlo nuestr0,
nuestro…
Y esperar el milagro cotidiano
de que un astro nos prenda la garganta
e incendie nuestra voz.
El secreto es sencillo.
Tan sólo eso:
Hay que saber mirar.


EL SUR
(De “Ardieron ya los sándalos”)

No indagues en las brújulas,
no busques
remotas geografías,
tus ojos no penetren el incendio
de las constelaciones
ni tus manos expriman
el hermético sol de los jazmines.
El Sur habita aquí,
en la callada umbría de estos muros,
en la alquimia del aire
que juntos cada día respiramos.
Míralo como un pájaro
furtivamente nuestro:
vuela
entre las leves copas de cristal,
pero jamás las rompe,
y roza nuestras frentes
con sus alas tan llenas de luciérnagas.
A veces se transforma
en un hondo silencio, se refugia
en las hojas de un libro
o en la serena luz de tu regazo.
Y entonces es más nuestro
        todavía,
más intensa su voz,
más certero su gozo que nos une.
Olvida los caminos,
los mapas empolvados de palabras propicias:
el Sur habita aquí,
nos navega la sangre,
rebrinca en nuestras médulas.
Somos nosotros mismos
ese rincón de fuego,
esa radiante esquina de la vida,
ese cálido Sur
que tanto tú deseas.

ESCÚCHAME
(De “La memoria intramuros”)


Escúchame.
No pongo condiciones:                                                             
ya sé que en este juego yo soy quien tiene todas
las de perder. ¿Qué más puedo decirte?
Pero sin condiciones ni exigencias,
sin el menor deseo
de querer negociar, te rogaría
solamente un minuto de atención.
Un minuto no es nada para ti:
una brizna, un plumón, el leve vuelo
de una mínima nube en tu dominio,
una mota de polvo en tu universo.
Eres dueño del tiempo, ya lo sé,
pero tú me entregaste una porción de tiempo
y yo le puse alas, desgrané sus espigas,
la hice fugitiva en su propio fulgor.
Escúchame:
                          De acuerdo con el frío,
también de acuerdo, sí, con el silencio,
de acuerdo con la sombra interminable,
y con la soledad…                       
Pero el olvido, no… nunca el olvido.
No hablo del olvido de quienes hoy me quieren,
o antaño me quisieron,
de quienes quedarán en un primer momento
-así quiero creerlo-
bajo una triste lluvia de párpados ausentes,
hasta que el viento borre los signos más lejanos,
el eco ya dormido de mi voz. 
Hablo de mi memoria, de mi propia memoria,
esta memoria mía que atesora
tanta vida vivida,
tantas difuntas muertes,
tantas risas y llantos, tanto amor.
Mi memoria poblada de distancias,
del júbilo cercano de mi mar,
de paisajes que  vibran y apasionan,
de caminos, de ríos, de bosques, de ciudades, 
de todo el ancho mundo
que tuve el privilegio de ver y recorrer.
Mi memoria repleta de páginas y versos,
de hondas melodías que nunca callarán,
del clamor de la piedra hecha milagro,
de la forma trocada en emoción.
Mi memoria, caudal inagotable
de miradas, de labios, de manos, de caricias,
de palabras que dije, de palabras que oí.
Mi memoria entregada a su memoria,
-ya sabes de quien hablo-
en la que ella siempre alentará.
Puedes quitarme todo,
todo cuanto me diste: tuyo es.
Pero yo edifiqué esta memoria mía.
la sembré de aventuras y de nombres,
la colmé de momentos inmortales,
a través de los días
a enriquecí, la hice renacer…
Escúchame:
no pongo condiciones, sólo pido
permanecer por siempre en mi memoria,
que mi memoria permanezca en mí.
Por favor, no me digas
que no puedes hacerlo, que sería
contravenir las normas,
romper el equilibrio,
o transgredir las leyes 
de tu imperio ancestral.
Sé que puedes hacerlo, sé que puedes…
porque en esa memoria, no lo olvides, 
habitas tú también.


ESTA CASA
(De “La mirada intramuros”)

Esta casa es mi patria, mi amparo, mi destino.
Aquí encontré la paz de los primeros vuelos,
los sueños sin fronteras,
la lumbre del hallazgo y sus asombros.
Aquí me convencí
de la hondura vital de los espejos,
del archivo de sombras que atesoran
en su frialdad callada.
Y comprobé también que las palabras
inesperadamente
pueden quedar vacías
en su propia indolencia, inhabitadas,  
o henchidas de un clamor inagotable.
Es el tiempo distinto en esta casa:
las horas, aliadas del silencio,
los días, una insomne sembradura de huellas,
vendavales indómitos los años…

Esta casa soy yo, libérrimo y cautivo,
nostálgico de mar, sediento siempre
de versos y mañanas.
Renazco en su regazo, de su venas me nutro,
y yo soy esta casa, en su luz y en su noche,
en los altos secretos que sus muros me dictan,
que la vida me otorgan,
que indemne me redimen,
                                                    y que indemne me salvan.


ESTATUAS SIN MEMORIA
(De “Meditación de los asombros”)

                      Sepulcros anónimos con estatuas yacentes,
                            en las ruinas de un viejo monasterio medieval.


Bajo la oscura bóveda vencida
cuatro figuras duermen su abandono:
Sólo bultos labrados,
silente incertidumbre de las formas,                             
desolación del mármol
sin el hondo calor de la memoria.
Un lentísimo invierno
poblando fue de escarcha sus perfiles,
destruyendo ataduras, inmolando
sus huellas al silencio.
Alzóse en torvo triunfo la ceniza:
ni siquiera sus nombres
lograron remontar el infortunio,
que así paga el destino,
en tan voraz moneda,
sus enconadas deudas con la vida.
Y saber
que estos montones tristes respiraron,
se inundaron de amor, o lo sufrieron,
acumularon juncos y raíces
en sus odres de sangre,
ardientes vendavales en sus frentes,
escenas de dolor o de alegría
en la cálida luz de sus miradas…
Todo fue.
                     Todo huyó.
                                              Sólo quedan
cuatro nadies yacentes, cuatro alcores
de muda ingratitud,
cuatro siglos de hielo renaciendo
multiplicadas muertes cada día
en este yermo imperio del olvido.


ESTO HA CAMBIADO MUCHO
(De “Década del insomnio”)

Esto ha cambiado mucho: ya no veo
aquel ciervo gallardo y distinguido
que jugaba en la sala
con los tres elefantes pequeñitos,
y todos tropezaban con la hiena,
siempre muerta de risa, tan alegre.
Ya no vienen los mirlos disfrazados
de bardos y juglares, ofreciendo
coplas de arcipreste, serenatas
en antiguos rabeles,
ni el colibrí me cuenta sus problemas,
ni me piden consejo los guepardos,
ni salgo de paseo con la iguana
al caer de la tarde.
Esto ha cambiado mucho: aquel rinoceronte
tan honrado y sincero, tan tranquilo,
ya no está, se ha marchado,
y la tierna pareja de gaviotas
ha debido emigrar hacia otro mares.
Hasta el viejo centauro y su centaura,
que tanto me querían,
me dijeron adiós, me abandonaron,
como también se fueron los halcones.
las nutrias, los delfines…
Esto ha cambiado mucho: todos dicen
-el doctor, mi familia, mis amigos-
que me encuentran muy bien,
que cuánto he mejorado en poco tiempo…
Y nadie se da cuenta
de que yo, en poco tiempo, me he quedado
tremendamente solo.


EUDE PICTRIX
(De “Meditación de los asombros”)

Eude pictrix”: firma, quizás por primera vez en la historia
del Arte, de una mujer pintora, miniaturista, junto a Emeterius,
del códice “Beatus” de la Catedral de Gerona/España (año 975).

Nadie sabe de ti,
nadie conoce
qué cantatas de luz, qué primaveras
envolvieron tus dedos
hasta romper en púrpuras
el sumiso telar de la costumbre.
Mas fulgen y perduran los dominios
que habitó tu pincel,
diminuto universo en lozanía,
prodigio derramado
en viejos plenilunios de vitelas.
Nadie sabe de ti,
pero tú fuiste.
¿Qué hermosa rebelión ardió en tus manos?
¿Qué zodiacales vientos alentaron
tu insólito destino de arco iris?
Como una garza imaginarte quiero
volando sobre espigas sorprendidas,
ojos de amanecer, talle de almendra,
leve bruma en tu pecho, campaniles
tus dormidas palabras.
Nadie sabe
de ti, pero se escucha
tu pulso dibujado, Eude pictrix,
lejanísima virgen, alborada
en un oscuro tiempo
de rezo y vasallaje.
Como ofrenda
a tu silente rastro de orfandades
pongo sobre tu nombre
una menuda rosa,
y en el reducto fiel de mis asombros
aprisionada quedas.



FLORES EN LA ARENA 
(De "Adagio mediterráneo) 

Hay unas flores rojas en la orilla,
sobre la tersa arena despoblada de huellas
en este invierno largo,
tan próximo y tenaz.   
Unas flores que mueren muy despacio
entre el púrpura invicto de la tarde,
ante el inmenso mar que las contempla
con un cansado asombro,
con un tierno dolor.
El plácido ondular de su oleaje
acaricia sus pétalos, descubre
la belleza que fue,
o la que permanece todavía
en esa inexplicable inmolación.
¿Qué pretérito encierran esas flores,
qué proclaman aún?
¿Predijeron la fecha de unas bodas
o fueron compañía de la muerte,
espejo de la ausencia,
o sirvieron quizás para decir amor
entre unas manos trémulas,
muy cerca de unos labios conmovidos?
¿Por qué han sido entregadas
a la injuria terrible del silencio,
a su desnacimiento en soledad?
¿Qué voces escucharon, qué miradas
les dieron el mensaje
que ahora, enmudecidamente, guardan
o intentan olvidar?
No hay respuesta posible: el destino
ha borrado su imagen, su mañana,
su mínimo presente:
     sólo queda
la trágica hermosura de esas flores
muriendo su abandono
en la clara pureza de la playa,
con el arrullo fúnebre del mar...


HEMOS DE HACER LIMPIEZA
(De “La mirada intramuros”)

Hemos de hacer limpieza en esta casa.
Han llovido los años: allá arriba, las tejas
se han cubierto de un musgo melancólico,
de un polvillo implacable que oscurece
los más mínimos ecos del pasado.
Las paredes ofrecen
una rara orfandad entre las llagas
que ahora se descubren,
pordioseras al sol, entre la hiedra.
Los álamos desnudos nada guardan  
de su viejo esplendor, donde brillara
un festival de pájaros, un griterío
de esbeltas madrugadas,
sólo el silente cántico del viento,
su ausencia, su renuncia…
Hemos de hacer limpieza en esta casa:
Nos espera la puerta con su herrumbre,
la cerradura intacta,
su garganta sin voz (¿dónde la llave?)
Los goznes gruñirán la torpe letanía
de una terca y frustrada rebelión
que en mísera quietud se resolviera.
Un tenue olor a soledad y a nada
impregna las alcobas,
donde los lechos yacen su abandono
de almohadas derruidas, de sábanas desiertas.
Viejos trajes reposan su vencida elegancia
en perchas como garfios, junto al fulgor raído
de imposibles corbatas,
zapatos sin caminos,
camisas fantasmales…
Hemos de hacer limpieza en esta casa:
Las estancias dormitan su clausura
entre manchas de pobres biografías,
arañazos, astillas de un tiempo inacabado,
calcinadas goteras.
En sus nichos, los libros
sufren un sueño lento y humillante,
negados al asombro de los párpados,
a la lenta caricia de los dedos,
al vuelo azul de largas aventuras.
Nadie los abrirá, casi no existen
ebrios de polvo, en desamor hundidos.
Los pequeños recuerdos de mundos y ciudades,
de horizontes altivos y momentos de plata,
muestran en los estantes un carnaval hiriente
de máscaras sin nombre,
de menudas basuras prestas al holocausto,
y los muebles que antaño
fueran viva madera enamorada,
ya sólo bultos son,
inquilinos de espacios desolados… 
Abramos las ventanas, ventilemos
tanta historia encerrada, tanta ternura ida,
tantas risas colgadas de las lámparas,
tanto llanto cautivo entre las telarañas.
Barramos todo de una vez, barramos
todo…
             pero salvemos, os lo ruego, 
ese par de memorias o de sombras
que en un rincón perduran abrazadas,
ajenas a la muerte y al olvido.


HISTORIA DEL HOMBRE
(De “Los sigilos violados”)

I

¿Y qué decir del hombre,
cómo cantar su llanto,
su tempestad callada que me ahoga?
Ese montón oscuro de temblores
que lanza desde el frío
        su mirada de arbusto
dueño fue de un imperio de mañanas,
dominador de ventisqueros.
                    Nunca
pudo ponerse el sol en su oceanía
ni doblegó la lluvia
la altivez de su nombre.
           A su paso
las selvas despertaban
con un clamor de musgo,
rendíanle los montes sus cinturas,
desplegaban los ríos
su larga mansedumbre,
y las gemas ocultas en la entraña
alzaban a su frente destellos lejanísimos.
¡Ah, el hombre inmenso, encerrando en sus brazos
una constelación de avispas y jilgueros,
bronco señor del trueno y de la aurora
ensordeciendo el mundo
con sus himnos de cíclope!
Bastaba un breve gesto de sus dedos
para que bronce y pluma se hermanaran,
y el volcán derruyera sus presagios,
y reclinara el templo sus ojivas,
y el corazón se abriera
en cárcavas profundas.
         A su voz poderosa
un huracán de sangre
deslumbraba los cielos,
y el tigre más soberbio
besaba entre la hierba sus espuelas,
mientras trémulos astros entonaban
una coral doméstica
    de tímidas cantatas.
¡Qué digno frente al mar
numerando sus islas en los ocasos rojos,
apretando en sus manos las galernas,
dormida entre sus dientes
la llave que amordaza
la libertad del viento y sus espumas!...


II

Pero el hombre tenía
      vocación de alimaña.
Con sus uñas de jade iba cavando un fosco
entramado de sombras,
            pozos interminables,
secretas galerías,
           oquedades remotas
donde jamás la luz le descubriera
ni florecieran pájaros o espigas.
Lentamente
la noche fue dejando sus amargas raíces
en el pecho del hombre,
minando su memoria,
recubriendo su lengua de una cansada herrumbre.
Aquella hermosa imagen del héroe coronado
de luna y madreselvas
pulverizó su mármol
dispersando su gloria y su ceniza
sobre el yermo dominio de la ruina.
¡Ah, su lenta ceguera,
      su diminuta voz
que ya no escucha nadie,
sus manos convertidas
         en garrass humildísimas!

Cayeron las columnas. Un verdín infamante
eclipsó los metales. Los topacios sirvieron
de pasto a las cornejas.
         Tocaron los clarines
un larguísimo canto funerario.
Y una seda invisible
que tejieron arañas implacables
fue encadenando al dios en su guarida,
robándole sus alas,
   cercenando su sed,
su nostálgica sed de viejos albedríos.

Desde aquí lo contemplo
en su terrible soledad,
indagando la vida con sus ojos de esparto,
defendiendo del tiempo sus horas oxidadas,
casi perdida huella,
   polvo apenas…

 Y un alacrán antiguo
      se me posa en los párpados,
al ver esa intemperie derramada
en mis propios espejos.


INTERROGANTE  FINAL
(De “Ardieron ya los sándalos”)

… Y después,
cuando ya nuestros ríos den al mar,
cuando una noche intrusa
convierta nuestro asombro en intemperie,
¿hacia dónde tus alas, hacia dónde
las mías?  ¿Qué cobijos
albergarán de nuevo nuestras voces?
¿Desde qué extraños iris
contemplarán el mundo nuestros ojos?
Por las hondas veredas del espacio,
por los huecos sin nombre,
por todos los rincones de la nada,
trataré de alcanzar alguna estela
que me conduzca a ti,
que en ti me resucite.
¡Qué enmudecida búsqueda, qué escarcha
de plomo y soledad hasta encontrarte!
Presentiré tu aliento
en el marfil cansado de un otoño
de lentísimas lluvias, en la savia
bullidora y pujante de algún álamo.
Escucharé tus pasos
por las calles más ciegas, por las sendas
del mirto y la caléndula,
quizás junto a un revuelo de luciérnagas.
Evocaré tu imagen
hecha espiga o abeja, recortada
sobre la cal de un muro desolado,
llama fugaz, simiente en mi pupila.
¡Qué insomnio enloquecido, qué praderas
de siglos y verdín hasta encontrarte!
Algún día, ese día que vibra en mi memoria,
iluminado y nuestro,
renaceremos juntos a una vida remota,
con diferentes lunas y arrecifes
marcando nuestros sueños.
Quizás nunca sepamos quienes fuimos
y nuestros viejos nombres sólo sean
como una oscura música…
Pero nos amaremos,
seguiremos amándonos
con este mismo amor de espejo y lejanía,
vencedores del tiempo,
dueños indiscutibles
        del ayer y del siempre.



LA ABUELA/LA MUERTE
(De “El clavicordio ante el espejo”)

LA ABUELA

La memoria se torna clavicordio,
mosaico de jazmines,
pájaros diminutos en revuelo,
cuando evoco su grácil, su serena
vejez adolescente. Parecía
una antigua figura desprendida
de algún marfil mozárabe,
un liviano cristal, una campana
de tiernísimo bronce. Su presencia
derramaba en el aire
una noble fragancia de sosiego,
una luz venerable y duradera.
Y en la alegre verdad de su mirada
yo averiguaba, hondas,
mis lejanas raíces.
Una cansada niebla de tristeza
me refleja aquel día
del llanto en los rincones, de los rezos
leves como murmullos, de las gentes
que inundaban las salas
con trajes de domingo.
La abuela, me dijeron, se ha marchado,
se ha ido para siempre.
No pude comprender aquel viaje
ni aquel inmóvil frío en las paredes
que nos dejó su ausencia.
                                          Pero pronto
mis ojos descubrieron
que con ese silencio, con esa soledad,
con la palabra “siempre”
una primera puerta se cerraba
en mi azulada infancia.


LA MUERTE

Después de aquella puerta, del estruendo
de su golpe primero,
un viento pertinaz y sucesivo
me ha sembrado de aldabas la memoria.
Y el silencio va siendo un ejercicio
vulgar y cotidiano, como la propia sombra
dibujada en un muro,
y los hondos espejos ya no saben
qué hacer con tanta huella,
con tanto gesto inmóvil,
con tanto desamparo fugitivo,
y nunca conocemos
qué remotos designios, qué mandatos
dirigen esta siega interminable,
y jamás descubrimos
adónde van las voces, las miradas,
el calor de las manos, los secretos
archivos de las frentes,
y quizás están cerca, nos escuchan,
nos llaman., acarician
nuestra pobre intemperie,
y la ausencia va siendo una costumbre
que ya no nos extraña,
a pesar de su incendio,
y la rueda terrible va girando
y en su torvo engranaje se perfila
el dictado voraz de nuestro nombre,
y cada nuevo día,
detrás de su bonanza pasajera,
acecha un vendaval definitivo
que batirá los últimos portales,
y hay un niño asomado a la ventana
con los ojos abiertos y asustados,
y ese niño, que ya sabe estar solo,
sigue sin comprender qué es lo que ocurre.



LA CAMPANA
 (De  "La mirada intramuros”)

…donde el poeta trabaja sobre sus papeles, hay una           
 campana que comunica al poeta con el infinito.
          David Escobar Galindo
  

Durante siglos fue campana de convento,
aromada de inciensos en la paz de los claustros,
junto a los pasos leves y el murmullo
de quedas oraciones.
Sus horas transcurrían
entre laudes, maitines, vísperas y completas,
y era su voz junto a las viejas piedras
el símbolo exacto de la serenidad.
Manos blancas, surgidas de burdas estameñas
la tañían, marcaban con su claro sonido
el devenir del tiempo, qué lentamente huían
los ríos de la vida y de la muerte…
Cuando llegó a esta casa
no hubo rincón, ni viga, ni lienzo de pared,
ni alacena, ni mueble, ni reja, ni ventana,
que no se alborozara con su noble presencia.
No vino a convertirse en un adorno, 
ni a mostrar, simplemente, su belleza,
sino a testificar con su alegría
ese prodigio diario de que, además de estar,
queremos ser también… 
Pasan lluvias, y nieves, y ventiscas,
y momentos oscuros,
y ráfagas henchidas
de ese dolor o miedo llamado incertidumbre,
mas su bronce cercano sigue siendo,
como lo fuera antaño,
el símbolo exacto de la serenidad.



LA MÚSICA/EL SILENCIO
(De “El clavicordio ante el espejo”)


Nota previa: Mi padre era un empedernido melómano. En su gramola a manivela, marca “La voz de su amo”, con discos de pizarra de 78 revoluciones y un magnífico sonido, casi todas las noches escuchaba, él solo, con la familia o con algún amigo, música clásica. A veces, pleno de entusiasmo, “dirigía”  los conciertos y las sinfonías -que se sabía de memoria- ante una orquesta imaginaria…
Pasados los años, y ya jubilado de su profesión médica, un ictus cerebral y sus secuelas le sumieron en la indiferencia: dejaron de interesarle muchas cosas, incluso la música, hasta su adiós definitivo. Los dos siguientes poemas -escritos poco antes de ese adiós- rememoran aquel tiempo feliz y dejan constancia de su dramático después. Son mi homenaje a quien desde muy temprano supo inculcarme el amor al arte, la música y la literatura en todas sus manifestaciones. Y también van dedicados a quienes, con sus parientes o amigos, hayan pasado por la dolorosa experiencia que se recoge en “El silencio”.


LA MÚSICA

De la casa dormida sólo queda
memoria de la música.
            Era su manantial
aquella hermosa caja de caoba
de nobleza bruñida y serenísima
que todos respetaban.
            Cada día,
con un amor solemne, con el cuido
de quien oficia un rito,
mi padre despertaba sus secretos
manejando despacio los resortes
prohibidos. Y el silencio
se llenaba de lumbre,
y era todo fragante y luminoso
como una buena lluvia.
Gustav, Amadeus, Ludwig, Franz... eran
los nombres cotidianos, los amigos
de la sangre cercana. Escuchando
sus altísimas voces,
mi padre, como un árbol
sensible y poderoso,
agitaba sus ramas en el aire
dibujando el sonido.
        Yo escondía
mi niñez en su sombra, compartiendo
el fuego emocionado de sus manos,
y era todo un prodigio
sonoro y perdurable…
En su rincón, inmóviles,
mis juguetes vivían
su olvidada inocencia,
con una rara mezcla de envidia y esperanza.


EL SILENCIO

Ya no existe el sonido:
            las entrañas
de la vieja gramola
se han cubierto de grama, polvorientas
yacen las mudas voces en un sueño
de redondos espejos. Nadie quiere
recuperar el brillo de los dioses
ni alzarse hacia las cumbres
desde sus pentagramas.
               La caoba
es tan sólo madera funeraria
que un vendaval cetrino ha derrocado.
Y aquel árbol,
aquel hermoso nido de campanas
que yo creyera indemne pedernal,
muro de luz, eterno manantío,
es un parvo jilguero
cuyos dedos ya tientan los alcores
de la oscura frontera.
Quizás en la ceniza
de su frente lejana
rebullan como insectos los violines
salvando de su exilio algún adagio,
algún cansado allegro, algún maestoso
andante. Pero nunca
fructifica el milagro en su palabra
ni en sus manos renace
el aire dibujado.
Y ya todo es silencio.
Y una herida lentísima
avanza por la casa, quedamente,
como el largo finale
de algunas sinfonías…
Hasta que llegue el triunfo de la noche
y en la memoria caigan derrumbadas
las últimas infancias.



LA HERIDA
 (De "La mirada intramuros")                                   

                               Poesía es respirar por la herida.
                               Leopoldo de Luis.


Si vuestra herida es, sencillamente,
una simple lesión de los tejidos
penetrante o contusa,
una ofensa a la piel originada
por violencia exterior,
más o menos extensa o lacerante,
más o menos profunda,
la solución es fácil: una cura
con la asepsia debida,
una limpia sutura realizada
por un buen terapeuta,
y sólo os quedará la cicatriz.
O ni siquiera eso: puro olvido.

Mas si la herida oculta su amenaza
en hondos laberintos,
y extiende la espiral de su amargura
por secretas regiones, invadiendo
los huecos intangibles, las calladas
raíces de lo humano,
lenta será la lucha, imposible
su exacta curación.
Habitará en vosotros como un huésped
cercano y duradero,
sangre será de vuestra propia sangre,
testimonio implacable del latido.
Con el tiempo será la compañera
de tristes aventuras:
quizá lleguéis a amarla porque os ame
con su aterida voz, con la certeza
de su tenaz caricia.
                                        Y algún día
despertaréis sin miedo respirando
por ella, y en su imperio
quedará encarcelada vuestra vida.
Aunque os ciegue su llanto, aunque os pese
su carga de dolor.
Porque sólo seréis lo que ella os duela.


LA MEMORIA
 (De " La mirada intramuros")

Si la memoria es sólo vuestro archivo
de cómputos y datos,
el álbum familiar donde dormitan
amarillas imágenes y espejos,
el cansado cuaderno de bitácora
de viejas singladuras por océanos
que el tiempo ha derrumbado,
el fichero que encierra una avaricia
de nombres y semblantes, de lejanas
historias que en la niebla
perdieron su fragancia,
la agenda, el secreter, el calendario…
dueños sois de una máquina perfecta
que cumple su misión acostumbrada:
engrasadla y tenedla siempre al día,
pues útil os será para la oscura
práctica cotidiana,
para el torpe manejo del hastío.

Mas si vuestra memoria es semillero
de voces y rumores,                  
de cúpulas, de lluvias, de azaleas,
de ignorados paisajes, de islas, de alboradas,
de insólitos senderos hacia el viento,
de escenas y figuras tan remotas,  
que jamás existieron…
dueños sois del sigilo: el universo
se acercará a vosotros como un pájaro
cordial y campanero
y os dejará en la frente
el impalpable polen de sus alas.
En ese manantial, en ese hondo
venero de prodigios  
hallaréis la verdad, el limpio origen
de vuestro propio fuego,
el llanto y la canción, la sangre entera.
Y seréis como dioses diminutos
manejando su arcilla,
encarcelando asombros y palabras,
íntimos horizontes,                                                     
      fulgurantes ensueños.



LA PALABRA Y EL FUEGO
(De “Cuaderno de los acercamientos")

A la memoria de mi lejana abuela Joaquina de las Mozas,        
muerta de siete tiros en mayo de 1808 ante una partida de    
soldados franceses por el patriótico grito de "Fernando 
 y España!”.




Yo quiero preguntarte, tierna abuela,
doméstica tigresa, luchadora
por una inútil causa
que en la flor de tu pecho se hizo justa:
¿Qué rayo de rencor, qué rebeldía
desgarró tu garganta?
¿Qué dormidos volcanes habitaban
el menudo entramado de tus huesos?
¿En qué desván de siglos encontraste
la daga de tu voz?

Huele a miedo la noche, resplandores
de lejanos incendios anticipan
el rojizo terror de la tragedia.
La ebria soldadesca
maldice, orina, eructa, vocifera
en desbocada orgía
de pólvora, rapiña y aguardiente.

¿Qué fue de tus trigales, tierna abuela?
¿Dónde los viejos muros de tu casa?
Han hendido tu tierra, han profanado
tus heráldicas piedras. Sólo queda
un sórdido rumor de extrañas lenguas
lamiendo los andamios de tu historia.

Odiadas sombras cruzan tu camino,
te averiguan, intuyen
la altiva soledad de tu presencia:
quieren oír tu llanto y sólo escuchan
la furia de tu estirpe hecha palabra.

Heroica tonta mía, dulce alondra,
podías haber callado tus verdades
como tantos hicieran, emboscados
en el lívido rito de las adulaciones.
Mas una ira súbita y mordiente
ascendió la escalera de tu pecho
y descansó en tu boca.

Negada está la aurora a los luceros.
Los tristes nubarrones del encono
han posado su lluvia amarillenta
en el fatal gatillo.
Siete dedos se engarfian como siete
alucinados áspides.
Siete espasmos de fuego.
Siete dardos de plomo se cobijan
en tu cuerpo arrugado.

¿Has visto lo que has hecho, loca mía?
¡Qué torpeza infantil la de tu gesto!
Ante la sinrazón de los fusiles
es inútil jugar
el naipe del fervor o de la idea.
¡Mira como el torrente de tu sangre
va empapando tus haldas!
¿Hablas de libertad? ¡Si tú supieras…!

No, abuela, no, ya sé que tú no lloras:
no son tuyas las lágrimas
que humedecen tus manos de jilguero.
Cierra los ojos, duerme. Todavía
respiramos la noche y su ceniza.
Pero en la piel nos surca la esperanza
de un claro amanecer tras los olivos.


LA VIEJA DAMA
(De “Los sigilos violados”)

Hay una vieja dama
que llama suavemente a nuestra puerta
con el leve marfil de sus nudillos.
Conoce bien la casa:
                                          nos saluda
con su hermoso silencio
y deja en el vestíbulo sus guantes,
su sombrero, el cansado paraguas
de las lluvias de otoño.
                                   Luego entra
en la sala, derramando a su paso
una luz somnolienta de quinqués,
un remoto perfume de magnolios.
Se sienta en la penumbra:
siempre ocupa
el callado rincón de la ventana,
y desde allí nos mira
con sus ojos de sándalo,
mientras brota en sus dedos
el mínimo huracán del abanico.
No necesita hablar:
                             la vieja dama,
con su tenue presencia,
nos descubre un paisaje de hondos universos,
nos hace recorrer caminos muy lejanos,
dibuja en nuestra frente escenas y palabras
aromadas de olvido.
En las horas del llanto
se acerca al clavecín, y canta quedamente
una alegre balada que enamora,
hasta que vuelve el sol a nuestros labios.
¡Qué remansado mar,
qué lluvia generosa
nos da su compañía!
¡Cuánta vida renace
                             con su silente bruma!

Cuando llega el momento, se despide
con un breve ademán:
quizás vuelva mañana.
La vemos alejarse, rodeada de pájaros,
maternal y serena.
El frágil camafeo
                                    que cuelga de su cuello
guarda la miniatura
de nuestra propia vida.
Porque esa vieja dama es la nostalgia.


LAS CANÉFORAS  (Homenaje a Rubén Darío)
(De “Década del insomnio”)

                                               Que púberes canéforas
                                               te ofrenden el acanto…
                                               (R. D.: Responso a Verlaine)


Abundaban los vinos y néctares de Chipre,
los manjares de Patmos, las frutas de Corynto.
Entre leves guirnaldas, saltatrices y aladas
en la sutilidad del aire, al son de caramillos,
de címbalos y flautas, danzaban las canéforas.
En sus bellas cabezas, canastillos de flores,
y a través de sus peplos, al sol de la mañana,
sus pechos oferentes, subversivos e intactos.
De acanto coronados, con sus bocas repletas
de palabras felices, de zumos y licores,
los hombres las miraban. Era todo un clamor
de tiempo en alborozo, de incólume alegría
en la campiña pura…
                                             Pronto acabó la fiesta:
llegó con sus torpezas el beodo obstinado,
el tonto metepatas, pasmón y vocinglero,
engarfiados sus dedos sobre muslos y nalgas,
prestas sus necias manos a la procaz caricia,
buscando con sus labios lujurias imposibles,
impudicias buscando.
En un vuelo de gritos
y un tropezar de enojos, por los prados de Delfos
huyeron asustadas las púberes canéforas.
Nadie pudo encontrarlas…

Muchos siglos más tarde
otro borracho insigne, entre eructos de absenta
y sueños de jaguares, las acogió en sus brazos.
Y lenta, tiernamente, bajo el arrullo inmenso
de su voz de gigante, entraron las canéforas
en la inmortalidad.


LAS HUELLAS REDIMIDAS
(De "Cuaderno de los acercamientos")

¡Qué indemne claridad,
qué extensos vuelos
invaden mi reducto cuando a solas
me acerco a mi memoria!
Todo se torna leve:
                                         Un silencio
de vieja catedral
se adueña de mi entorno,
me acoge entre sus brazos, me rescata
del torpe griterío
que bulle más allá de las ventanas.
Los párpados cerrados me liberan
del ancla del presente, propiciando
el tránsito al milagro.
Con manos enguantadas
en el vidrio más frágil, mi memoria
abre el hondo bargueño del pasado,
rebusca entre su noche
y extiende ante mis ojos
el anchuroso álbum de mi vida.
A través de sus páginas de niebla
renazco y recupero                              
la hermosa nitidez de algún paisaje,
aquella luz dorada de unos días
ebrios de fruta y sol,
mi largo deambular por una senda
estrellada de instantes prodigiosos:  
una lenta caricia, una mirada,
una voz como un eco que aún pervive,
un instante sembrado de latidos…
Las huellas más lejanas de mi historia
regresan hacia mí, ya redimidas
de esa pátina oscura
que el tiempo y su furor depositaron
sobre su tersa y limpia desnudez,
y vuelven a ser mías
cuajado mi cerebro de distancias.

Calmada está mi sed.
                                             El aire recupera
su espesa actualidad,
la inmediatez cercana de mis horas.
Con gratitud me aparto
de la amorosa voz de mi memoria:
será corta mi ausencia,
porque mañana el hoy será recuerdo
y solamente ella puede darme
una resurrección en mi muerte diaria.


LAS PALABRAS
(De “Los sigilos violados”)


Llegan puras, calladas,
como dulces insectos,
invadiendo mi frente
con su zumbido leve,
portando entre sus alas
esos frágiles fuegos
sus cascadas de vida.
Me adivinan cansado
de caminar el aire,
de pulsar el espacio
que me conduce a ellas,
y entonan en mis labios
sus cánticos de polen
en los que sólo crecen
espejos y almenaras.
Algunas traen la noche
ardiendo entre sus dedos
y derraman su acíbar
en mis pobres asombros;
otras son manantiales,
fulgurantes prodigios
que anidan en mis huesos
sus entrañas de azogue.
Palabras como huellas,
dejando en los alféizares
un lacre enamorado,
vivísimas palabras,
saltimbanquis del alma
sobre una red de sombras,
palabras como astros,
como madres sonoras,
diminutas palabras,
que juegan como pájaros,
palabras generosas
que nos llenan los ojos
de un trigo inagotable,
doloridas palabras,
palabras desplegando
tormentas y paisajes.


Vosotras sois mi patria,
mi único universo:
sólo con vuestro aliento
puedo habitar sin llanto
esta vieja intemperie,
esta piel fatigada.
Vosotras me hacéis libre:
en vosotras renazco.


LAS PALABRAS NOCTURNAS
(De “La mirada intramuros"))

A veces, las palabras, por la noche,
salen del diccionario, 
vuelan enloquecidas por la casa,
hurgan en mis papeles,
indagan en mis libros,
buscan frases o versos en los que acomodarse,
creyendo en su inocencia
que así podrán entrar en la inmortalidad.
No esperan mis llamadas, mis reclamos,
cuando quiero atraparlas
y decidir su sitio en un poema:
quieren vivir su vida independiente,
disfrutar de aventuras sin fronteras,
elegir su destino…
Pero siempre sucumben en su propia desdicha:
no encuentran el lugar que, según ellas,
debieran merecer
y regresan calladas, vencidas y tristísimas,
al reducto común.
En él continuarán aladamente inmóviles
hasta que llegue el día prodigioso
en que puedan cambiar su oscura suerte
por el tenaz deseo
que sus frágiles sueños alentaron:  renacer como versos
ser leídas, amadas, acogidas
en el hogar de una memoria amiga,
acurrucarse allí,
allí permanecer,
                                   allí sobrevivir…   
                       
LAS SIRENAS
(De “Adagio mediterráneo”)

Vieron llegar la nave:
 como siempre
elevaron sus cánticos pianísimos,
sus murmullos de lluvia y arboleda
que un céfiro brumoso llevaba lentamente
a las sienes morenas de los hombres,
allí, donde se oculta el desconsuelo
y remotos paisajes se atesoran
con el secreto brillo de su azogue…

Vieron pasar la nave:
 nadie se conmovió,
nadie se derrumbaba, loco, sobre el agua,
nadie quiso buscar, enajenado,
sus pechos luminosos, sus miradas de jaspe,
sus escamas de fuego y de coral.
(Un hombre entre cadenas,
  hermoso como un héroe,
desgarraba con llantos y alaridos
aquel hondo y sereno navegar…)

Vieron como la nave se alejaba
ajena, indiferente,
en calma singladura
hacia islas felices y puertos abundosos,
firme como el destino, libre como el olvido,
desplegadas sus velas al viento y a la sal…

Ausentes, melancólicas,
asoladas de un lívido temor,
dejaron de cantar, envejecieron,
quedaron con los siglos
ignoradas de todos, convertido
en historia dormida su recuerdo.
Y una pobre mañana,
entre un torpe revuelo de peces fugitivos,
diéronse a lo profundo, naufragaron
su pálido esplendor…

Todos los navegantes debieran perdonarlas:
ellas nada querían,
ellas sólo cantaban y cantaban…
Ellas nunca supieron que en sus voces
habitaba la muerte.


LLANTO POR JULIA ANULA
(De “Meditación de los asombros”)

“Julia Anula, hija de Cayo, aquí yace. Por el hado nefando
 amenazada, poco vivió: la muerte la arrebató cuando contaba
18 abriles de su joven edad. Dile, oh viandante, séate la tierra leve”.
(Lápida romana. Museo Romano de Mérida, Badajoz/España).


Que jamás puede ser la tierra leve
para tu cuerpo en flor,
oh Julia Anula, dieciocho
abriles en silencio
y en terrible quietud.
Que pesa, y duele, y amordaza
esa oscura tierra que te inunda
los ayer limpios ojos,
la boca soñadora
de un beso iluminado,
los derruidos pechos
tan sólo acariciados por el frío.
No eres ya ni recuerdo, Julia Anula,
ni siquiera
ceniza en columbario,
mas perdura tu huella en el granito
proclamando
tu presencia fugaz.
¿Qué praderas habitas
qué lagunas
reflejan tu silueta de gacela,
qué bronces de campanas se alimentan
con el llanto lejano de tu voz?
Los dioses te acogieron
con la esquiva sonrisa del que oculta
un error disfrazado de destino,
que no es justa la muerte
si la vida es promesa no cumplida.
Perdónalos, y duerme
un sueño de truncadas primaveras
entre tus manes familiares,
mi dulce Julia Anula,
triste memoria de muchacha,
sólo nombre,
definitivamente piedra.


LLEGARON LOS ARCÁNGELES
(De “Década del insomnio”)

Llegaron los arcángeles.
Se supo que llegaron por una luz dorada
cuando los sueños labran manantiales
en la yerma memoria de las gentes.
Podían escucharse sus pisadas
de luna entre los árboles,
el rumor de sus voces delgadas como espigas,
y eran de ver los ópalos serenos de sus ojos
escrutándolo todo,
el azulado vuelos de sus manos,
su gesto entre cordial e indiferente.
Querían descubrir los paisajes del hombre
y en jornadas de niebla recorrieron
deltas de soledad, praderas de rencor,
roquedales de angustia, penínsulas de hastío,
manaderos del miedo más oscuro.
A veces preguntaban: nadie les dio respuesta,
nadie quiso decirles, nadie quiso explicarles…
Ellos, entre el silencio,
con lápices de ámbar escribían
palabras desoladas en sus libros celestes.
Y una tarde de plata,
en un viento levísimo y cansado,
agitando sus alas muy despacio,
regresaron por siempre
a sus mundos distantes.
Cuentan quienes los vieron
que volaban llorando, los arcángeles.


LOS AMANTES
(De “Adagio mediterráneo”)

Se amaban con la clara intuición de las brújulas,
con la firmeza honda de las áncoras,
con la serenidad del sotavento,
y ante el  mar proclamaron
su inextinguible amor.
Un día, navegando junto a los arrecifes
de las islas sin nombre, disfrazada
de torva tempestad
les llegó la llamada del Destino:
fue muy rápido el tránsito,
                                                        abrazados
sucumbieron sus cuerpos
y con su vivo abrazo permanecen
entre los mudos restos del naufragio,
allá, en lo profundo…
Cuando el mar se adormece
con la queda cantiga de la luz,
y las aguas se amansan o se olvidan,
y pairan los veleros, y las aves
dibujan el espacio con sus vuelos lentísimos,
y el mundo es un milagro de inmóvil esplendor,
pueden verse, yacentes,
sobre un lecho de algas y sargazos
sus leves osamentas.
                                           Todavía
hay huellas de caricias
en el yerto marfil de sus falanges,
y minúsculos peces de mercurio
dan brillo y movimiento a sus cuencas vacías,
y el coral ruboriza sus mejillas.
y en lo que fueron labios se averigua
ardiente y duradero
el beso del adiós definitivo
con su intacto fulgor…
A veces las corrientes que llegan de lejanos
designios submarino
mecen con suavidad
la traslúcida calma de sus cuerpos
y simulan las ondas un instante de vida,
un mínima danza feliz y funeral.
Pero pronto regresa la quietud
y un pausado desfile de hipocampos
acompaña su paz,
                                      su larga dormición…
Y en amorosa entrega allí perviven
vencidos por la muerte
pero jamás vencidos por el tiempo,
eternamente póstumos,
eternamente fieles,
amantes para siempre
en la hondura del mar.

LOS ÁNGELES DEL MAR
(De “Adagio mediterráneo”)

Los ángeles del mar, cuando llega la noche,
arrastran suavemente a los ahogados
hasta playas amigas,
y allí limpian sus cuerpos de algas y medusas
y peinan su cabellos con esmero
para que no parezcan tan difuntos
y sus madres, al verlos,
                                                no piensen en la muerte.
A veces depositan sobre sus pobres párpados
dos denarios de plata recogidos
de algún pecio profundo
para borrar el miedo de sus ojos
y que el asombro vuelva a sus pupilas,
o ponen en sus manos caracolas y pétalos
como si fueran niños que dormidos
quedaron en sus juegos.
Finalmente, con leves movimientos,
abanican sus rostros muy despacio
y ahuyentan de sus labios las últimas palabras
dejándoles tan sólo los nombres de mujer...
Casi siempre suplican a los altos querubes
que trasladen sus almas con cuidado,
porque el mar dejó en ellas salobres arañazos,
golpes de barlovento, heridas abisales,
y en el más largo instante
vieron cómo sus vidas se alejaban, se hundían
en el temblor callado de las aguas,
y con sus vidas iba su memoria,
y en su memoria todo cuanto amaron
o pudieron amar,
                                      y su dolor fue grande...

Cumplida su misión, vuelan los ángeles
hacia las blancas ínsulas del sueño,
y los ahogados quedan
solitarios y espléndidos
en sus dorados túmulos de arena,
serenos como dioses,
                                            dignos en su derrota,
esperando que nazca la mañana,
que les cubra la luz,
que jamás les alcance
                                             el frío del olvido.


LOS TRENES/LOS SUEÑOS
(De "El clavicordio ante el espejo")


LOS TRENES

En la vieja estación se respiraba
un tiempo horizontal y desgajado,
una tránsfuga luz, un laberinto
de huellas sucesivas.
Acercarse a su orgía de vaivenes,
a sus gentes remotas, al sonoro
vigor de su ferralla,
era encontrar abierta la aventura,
ofrecidas las alas, desterrado
el cotidiano canto de lo inmóvil.
Como tiernos juguetes gigantescos,
los trenes desplegaban las auroras
en nuestra piel dormida. Su llegada
era un ancho festejo de martillos,
de brasas y humaredas, de premuras,
de imperativas voces, de campanas.
Detenido en sus hierros
o en sus largas teorías de cristales,
un dominado viento reflejaba
todas nuestras ausencias:
Los bosques ignorados, las remotas
ciudades, los océanos, la nieve,
las extrañas palabras, las distancias,
el palpitar inquieto de una vida
frecuentada de asombros.
                                            Un silbido,
con su larga hecatombe de fragores,
daba fin al prodigio, y el silencio
retornaba a los párpados.
En el andén quedaba una planicie
de humildes orfandades, la presencia
de lo siempre lejano,
y unos ojos pequeños y cansados
buscando manantiales
de cúpulas y alondras en el aire.

LOS SUEÑOS

Largos trenes los sueños, hilvanando
paisajes fugitivos, territorios
del vuelo y la nostalgia, parameras
donde crece la sed como una herida.
Avanzan en lo oscuro: desde lejos
divisamos sus luces, sus señales
atravesando el tiempo, y escuchamos
su inquieto trepidar, el griterío
que anticipa gozoso su arribada.
Parece que están cerca, los tenemos
casi junto a nosotros. Pero muchos
no llegan, descarrilan, se disuelven
en una niebla o túnel, ignorados.
Otros pasan de largo, fugazmente,
con un fragor de olvido y lejanía,
y nos dejan, atónitos, el viento
de un largísimo invierno en la mirada.
Algunos, raramente, se detienen:
acercamos, abiertas, nuestras manos,
dispuesta la sonrisa, preparada
la caricia y la voz, la bienvenida.
Mas vemos desolados que no hay nadie
en sus hondos vagones, que tan sólo
un furtivo silencio nos saluda.
Y vuelven a partir, con su vacío,
y ateridos quedamos. Pero ya
otras luces avanzan en lo oscuro
de nuevo hacia nosotros, escuchamos
su inquieto trepidar, el griterío
que anticipa gozoso su arribada…
Y amanece la lumbre en nuestros ojos,
y seguimos de guardia en los raíles
recubiertos de grama, con los brazos
tendidos, suplicantes, siempre atentos
a este tráfico inútil que no cesa,
a ese tren que no llega, que no para,
o que sólo nos deja llanto y humo
en este pobre andén de la esperanza.

MANOS SOBRE FONDO ROJO
(De “Meditación de los asombros”)

Pintura rupestre en la Cueva del Castillo,
Cantabria/España.

Hay que olvidar el tiempo, remansarlo
en el cauce sutil de un viejo río
que no tuviera mar, que no tuviera
la esperanza de hallar su dulce muerte.
Y acercarse a vosotras
—cubiertas de milenios, tan lejanas—
con el hondo respeto del que escucha
una palabra fiel, un balbuceo
de anónimas regiones,
quizás la voz antigua
de algún astro imposible.
Un horizonte oscuro y sin linderos
os ciega y amordaza,
pero perdura el grito y se renace
en un vivo clamor, en una súplica
hacia dioses de lluvia y humareda.
¿Qué reflejo de amor os dio la vida?
¿Qué indómitos latidos albergaron
vuestras venas de asombro y de montaña?
¿Dónde brotó el impulso
que os hizo florecer
en vuestra lenta, inagotable aurora?
Como ancestrales pájaros sin norte
os agitáis al viento en sed de fuga,
mostráis al universo
vuestra oculta raíz,
     manos abiertas
señalando caminos, manantiales
de una cósmica luz.
      Sobre vosotras
he de posar las mías
tan recientes, tan torpes, tan calladas,
tan huérfanas de soles:
quiero sentiros más,
        quiero grabaros
en el fosco nevero de mi sangre,
asumir vuestro pálpito de abismos,
recoger el aliento solidario
del hombre que dejó sobre esa roca,
acaso sin saberlo,
la soledad remota de un poema.


MONÓLOGO CON MOZART EN TARDE
DE LLUVIA
(De “Ardieron ya los sándalos”)

Quiero decirte, Wolfgang Amadeus,
hermoso y fiel amigo,
que esta tarde de lluvia me han hablado
todos tus violoncelos:
                                               comentaban
aquellos viejos días de salitre
tan ebrios en la ausencia,
tan repletos de arena y soledades,
tan siempre regresados.
Quiero decirte, Wolfgang Amadeus,
ángel truncado en vuelo,
que tu voz se me enreda entre los ojos
como una hiedra lenta y me retorna
a infancias melancólicas,
a cansadas esquinas, a horizontes
que jamás se me alzaron,
a las sombras de olivos sin ternura
en las desiertas sendas.
Quiero decirte, Wolfgang Amadeus,
alegre compañero,
que te sientes aquí, junto a nosotros,
en este exilio de paredes blancas
que hemos ido naciendo entre poemas
para volver a ser más puros,
quizá para volver a ser, tan sólo.
Ponte cómodo, hermano,
toma un vaso de vino, bebe, canta,
que esta tarde de lluvia no hay tristeza
que nos pueda rendir,
aunque algún clavicémbalo nos hiera
las perdidas memorias, los espejos
de lejano mirar.
Sólo quiero decirte, Wolfgang Amadeus,
alondra de esta casa,
que resumes el tiempo en nuestras sienes,
que tus alas nos cubren
para tomar el pulso a las mañanas,
que nuestra torpe lluvia se diluye
como el humo olvidado de un mal sueño
al escuchar tu luz.


MUÑECA DE MARFIL, SIGLO IV, HALLADA EN LA NECRÒPOLIS
PALEOCRISTIANA DE TARRAGONA, JUNTO A LOS RESTOS DE
UN NIÑA DE SEIS AÑOS.
(MUSEO ARQUEOLÓGICO DE TARRAGONA/ESPAÑA).
(De “Meditación de los asombros”)


¡Qué lenta fue tu noche,
y qué profundo el frío, y qué terrible
aquel largo silencio!
Imposible el olvido:
       unas manos
repletas de ternura
      allí te colocaron,
junto a su dulce sueño, tan inmóvil.
Llegará la mañana, te dijiste,
y con ella su voz hecha caricia,
sus abrazos de madre en miniatura,
quizás la tibia nana recogida
de los antiguos labios.
¡Qué dolorida noche!
          Transcurría
el tiempo en su cruel devanadera:
no llegaba el calor, y era el espacio
cada vez más callado,
más hondamente oscuro, vivo asombro
tus ojos de marfil.
   Y tú seguías
ajena a su quietud, eternizada
en un inmenso invierno.
¡Qué dramática noche
de mil seiscientos años ateridos!

Al fin llegó el milagro:
           un claro día
amaneció la luz en tu vieja tristeza,
desconocidas manos renacieron tu cuerpo
hacia una extraña vida,
             nuevas voces
comentaron tu insólita hermosura.
Y tú, desconcertada,
perdida aventurera de la historia
en un mundo jamás imaginado.

Ahora habitas
en anchurosa estancia, rodeada
de objetos venerables.
Eres joya arqueológica,
catalogada pieza de museo.
Mucha gente se acerca a tu vitrina,
mas sólo te contemplan.
No eres feliz:   yo sé que tú quisieras
regresar a tu hueco,
junto al mudo perfil desmoronado
de los siglos insomnes,
para seguir allí,
calladamente,
alerta en tu vigilia,
pura fidelidad,
enamorada sombra de esperanza.


NACISTE YA CONMIGO
(De “Ardieron ya los sándalos”)

Naciste ya conmigo:
en el cálido vientre de mi madre,
entre aquella enramada
de sangre y azucenas,
latías junto a mí.
 Era tu aliento
lo que un germen de niño atesoraba
para abrirse a la vida sin cautelas,
para subir despacio
hasta un rojo prodigio de volcanes.
Después llegó la luz,
los primeros augurios, la alborada
de los primeros miedos.
Y tú estabas allí, en la humareda
de una canción de cuna,
veladora del llanto.
Tu diminuta voz de lejanías
me hablaba de crepúsculos y azores,
de ardiente claridad, de algún camino
hacia los más remotos manantiales.
Vivías en mis juegos:
        eras el más valiente
soldadito de plomo, los dibujos
de aquel libro de duendes y de bosques,
el tren que nunca tuve,
el velero pirata, la sorpresa
de aquellos luminosos cumpleaños.
Fuimos creciendo juntos:
       en las noches
del cíngulo y la brasa te asomabas
a la voraz llamada de mi boca,
derramabas en ella
una embriaguez de fiesta y de jazmines,
un vino anticipado.
Y era mi soledad como una alforja
que sólo tú llenaras.
Fue desgranando el tiempo, lentamente,
su cansada molienda.
           Y de pronto,
un día zodiacal y enmudecido,
a una hora sin nombre
que nunca los relojes reflejaron,
perforaste la sombra:
            tu memoria
se convirtió en hallazgo palpitante,
en cercana verdad, en tacto puro…
Y apareciste toda
  plena de lumbre,
real y duradera,
ya para siempre mía,
de mis ardidos sueños rescatada.

           
NUESTROS FUGITIVOS
(De “Cuaderno de los acercamientos”)

Se nos van yendo y yendo, lentamente,
en un éxodo gris y enmudecido,
hermanos ya de todas las espigas,
inquilinos eternos
de las inciertas noches del asombro.
¡Que granizo nos deja en la memoria
su horizontalidad imperturbable,
su ternura hecha hielo,
sus pupilas por siempre encarcelando
inhóspitas praderas!
Se nos van yendo y yendo, lentamente,
como un río de lava que avanzara
hacia ignorados mares,
resumiendo en ceniza los senderos
que antaño florecieran con sus voces.
Son nuestros fugitivos, los ajenos
al tiempo y al espacio,
huéspedes somnolientos de la nada.
De su antiguo calor tan solo queda
un puñado de lívidos recuerdos
y una oscura orfandad que nos ofrece
su imagen hecha estrella en cielos lejanísimos.
Se nos van yendo y yendo, lentamente,
en un exilio ausente de esperanza,
y en nuestro pecho ya no cabe el llanto,
y es mas hondo el silencio cada día,
y más indiferentes respiramos
el aire azul de nuestras madrugadas.
Su marcha hace que crezcan los otoños
En nuestras biografías malheridas:
poco a poco sus nieblas nos sumergen
en una inevitable y densa soledad…


OFRENDA
(De “Ardieron ya los sándalos”)

Todo tu cuerpo es cauce,
arena remansada, piedra lenta,
fragor de juncos en la orilla.
 Pasas
y es el agua quien pasa.
Ya no hay viento
que no deje su voz en tu cintura.
Con ademán de luna te me ofreces
en tu silvestre plenitud:
                                                   Escucha
esta canción que llevo en las entrañas,
este mundo de brasas que me traje
de los altos neveros…
Soy el rumor del río
que inundará tus sueños.


PÁJARO POEMA
(De “Cuaderno de los acercamientos”)

Sé que está ahí, oculto y asustado
en un hondo rincón,
bordeando los filos de la duda
con su segura carga
de heridas y caricias.
Presiento su latido inconfundible,
su levedad de sombra entre las sombras
ajenas de la noche,
su tímido perfil desdibujado
en los lejanos huecos.
Desde mi ardiente orilla le requiero,
angustiada mi voz,
brillando en mi palabra
la orden y la súplica.
Me niega su presencia. Le persigo
por astutas veredas, acorralo
sus frágiles temores, acaricio
su erizado plumón, todo ternura.
Cuando creo tenerlo entre mis manos,
ya para siempre mío,
vuela lejos de mí, enloquecido,
dejándome en el pecho
un absurdo serrín de versos inservibles.
Furtivo en mi penumbra
espero su retorno, mansamente,
con la sutil paciencia
del que se sabe a solas con su incendio…

Volverá con la aurora,
palpitante y sumiso como un astro,
dispuesto a colocar su dulce grito
en la cúspide exacta de mi sangre,
y dormido en mis redes
yo velaré por siempre su sueño prisionero,
su hermosa esclavitud que me anticipa
mi propia libertad.


PÁJAROS
 (De "La mirada intramuros")

                   (Aquella mañana no llegaron los pájaros)

¿Dónde estarán los pájaros?
¿Dónde la plata viva de sus voces? 
¿Dónde la geometría de sus vuelos
sobre esas tejas pardas
que me cubren, me ocultan, me refugian?
Llegaban cada día pregonando el orgullo
de la noche vencida
trayéndome el futuro entre sus alas, 
la sonrisa en sus picos de marfil,
la esperanza en la inmensa 
levedad de sus ojos…
¿Dónde estarán los pájaros?   
¿Hacia qué extraños nortes emigraron?
¿Qué bosques, qué fronteras,
qué remotos destinos eligieron?  
¿A quién dedicarán ahora
la victoria infinita de sus huellas de aire?  
Esta dolida ausencia que me envuelve
no sé si es un presagio
o tan sólo una pausa, o quizás
una renunciación definitiva.
Necesito que vuelvan esos pájaros,
que me anuncien la luz,
que me ofrezcan de nuevo
su amistoso clamor,
su liviandad serena y fugitiva…
Si no regresan nunca,
nada será lo mismo en esta casa:
el silencio, un atroz infortunio,
el viento, una cuestión meteorológica,
la soledad, el frío, sólo el frío.
Hoy más que nunca, digo
sabiendo lo que digo:
mi vida en esos pájaros, mi vida 
en su entrega cercana,
en su verdad sin límites,   
en la azul dignidad de sus mañanas.
Mi vida en esos pájaros, creedlo.

POLEN Y CENIZA
(De “La huella en la ceniza”)

Quiero tender mis manos suplicantes,
repletas de preguntas y de sueños,
a la libre aventura del vencejo
que vuela y vuela sin cesar. Yo tengo
mis alas transparentes maniatadas
tras un largo periplo. Mis sentidos
están encenagados por un limo
que hiere sin doler, pero que encierra
un fuego y un fulgor, una locura                
que se me va afianzando cada hora
como un claro repique de campanas.
Soy polen y ceniza.
No me importa la sarcástica risa
ni los torpes ladridos a la lluvia
de los que sólo saben
contar o ser contados.
Entre la turbamulta de la vida
yo escojo mi sendero solitario
y salgo a conquistarme los más lejanos ríos,
las pleamares, las nubes, los volcanes…
con una libertad que es sólo mía,
con una libertad que es mi destino.


POR LOS VALLES…
(De “Silva de extravagancias”)
  
Por los valles del sueño y del asombro,
junto a un fragor de helechos y luciérnagas,
por la roja mansión de los crepúsculos,
muy cerca del fervor de los volcanes,
entre los claros cauces del silencio,
con refulgentes lirios y colmenas,
por praderas pobladas de unicornios,
conversando con mansos vendavales,
tras el rastro del musgo y sus confines,
bajo un hondo rumor de llamaradas,
con la memoria intacta como el ámbar
y el desamor vencido y desterrado…
discurrirá algún día
                                           el río de mi sangre.

PRIMER INTERROGANTE
(De “Ardieron ya los sándalos”)

Antes de esta presencia, de este ahora,
¿qué crisálida fuiste, qué caminos
de juncos y manzanas
abrazaron tus huellas,
en qué tiernas galaxias albergaste
tu esperanzada luz?
Quizás un musgo antiguo y serenísimo
cubriera tus horóscopos
augurando un sabor de terciopelos
para tu piel futura,
ese sabor a lumbre y amapolas
que hoy mis labios cansados recuperan.
Quizás entre las ramas
de algún árbol sin nombre, verde patria
del viento y de sus cítaras,
estuviera escondida la sonora
semilla de tu voz,
el germen de tu risa.
¿Dónde fueron tus ojos, en qué islas
de mares olvidados renacieron
su exacta placidez?
¿Qué manantiales
reservaron su espuma y sus cantigas
para hacer de tu frente una llanura
de trigales campanas?
¿Desde cuándo,
desde qué incierta edad fuiste fermento
predestinado a mí, a mí otorgado?

Antes de esta presencia, de este ahora,
tu lejano perfil,
promesa enamorada recorriendo
una pleamar de tiempos y de espacios
hacia mi soledad.
                                     Flecha certera,
tan siempre presentida. 


PROPUESTA
(De “Silva de extravagancias”)

Hay que recuperar
el tacto de la fiebre y el color de las noches,
la antigüedad del bronce y el aroma del llanto,
el grito de las águilas y el sabor del silencio,
la timidez del aire.
Hay que recuperar
la humildad de los astros y el sonido del hambre,
los caminos sin fecha y la altivez del junco,
los muertos renacidos y el susurro del puma,
la niebla en los vitrales.
Hay que recuperar
las verdes madrugadas y la sombra del río,
las campanas más tiernas  y las manos sin dueño
la semilla del agua y los pasos perdidos,
la danza de las naves.
Hay que hacer lo imposible por descubrir de nuevo
ese torpe milagro, ese absurdo prodigio,
esa hermosa miseria que llamamos la vida,
con todo su caudal de ardiente escalofrío.


RETRATO EN AMATISTA  (versión 08/2013)
(De “Los sigilos violados”)


Dices muerte, y en tu palabra asoma
la cicatriz, el hielo,
la plenitud solemne de algún muro
que nunca sabrá nadie dónde fue construido,
qué jardines oculta,
qué regiones ardidas aprisiona.
A su conjuro acuden los pájaros más tristes,
se posan en tus manos
y derraman sus cánticos de luna
sobre tu piel que nace cada día.
                                                                 Siempre
vence lo oscuro:
el grito de la ausencia, con su herida
tan honda y rescatada,
                                               las pequeñas memorias
que el viento disemina como humildes cenizas,
la serpiente del frío
con sus ojos abiertos de carcoma…

Pero la muerte tiene
sus anchas claridades, universos
de ámbar, playas inagotables
de arenas como estrellas
donde el sol es más justo
y el mar lleva en sus olas un antiguo lenguaje
que imanta y enamora.
Todo en ella es silencio, cauce, sueño,
lentísima esperanza.
                                             Triunfa
desde todas las sombras,
pero guarda sus íntimos secretos
en la hermosa amatista de sus labios.

¿Y después? ¿Y después?...
La duda es una espuela que nos hiere
la médula del alma:
Quizás  la noche grande envolviéndolo todo.
Quizás un ancho río de orillas serenísimas.
Quizás la placidez de un tiempo sin fronteras.
Quizás la soledad, el miedo, la tristeza,
la negación, la nada.
Quizás una vibrante letanía
de músicas y versos inmortales.
Quizás una brumosa plenitud,       
una desconocida  ingravidez
Quizás, quizás tan sólo…
una larga y burlona carcajada.



SEAMOS COMPASIVOS…
(De “Silva de extravagancias”)

Seamos compasivos con la luna.
Pero no con la luna maternal y magnífica
que alienta con su plata y siembra ensoñaciones,
sino con esa luna que en las claras mañanas
frente al sol nos ofrece su humilde desamparo.
Esa luna cansada, desvaída,
con ojeras y huellas de otras horas,
desahuciada inquilina de la noche…
¿Por qué esa luna ahí, por qué ese rastro
de llanto miserable en el oro radiante
de ese cielo perfecto, de la vida que estalla
frutal y arrolladora?
¿Qué divina crueldad, qué desatino
mantiene esa memoria, esa torpe tragedia?
Seamos compasivos: no miréis  esa luna,
como si no estuviera,
que crea en su desgracia que no sabemos nada,
que ignoramos su imagen melancólica,
su levedad, su miedo, su futuro…
Mejor, sencillamente,
                                             sumirla en el olvido.
Aunque no la podamos olvidar.


SILVA  DE EXTRAVAGANCIAS
(Doce  poemas de este libro)

1

…Y pensar que estas rosas
no saben que son rosas
y entrarán en la muerte sin saberlo...

2

Me reconozco en todos mis poemas.
Pero son mis poemas los que han hecho
que sea como soy.

3

Mis fantasmas,
me hostigan, me amedrentan
quieren sembrar mis noches de pavor.
Pero yo les perdono casi todo.
Perdono sus gemidos implacables
a través de los muros,
sus alientos helados
batiéndome las sienes,
la lenta pesadilla de sus pasos
crujiendo en la escalera…
Lo que no les perdono
es la triste sonrisa compasiva
con que siempre me miran.
                                  
4

Estoy en el trapecio.
        Tengo miedo:
unos ángeles locos me han quitado la red.
Caigo desde la altura.   
Ya no soy.
Despierto. Te contemplo,
me refugio en tus brazos.
                  Vuelvo a ser.
Me despierto otra vez.

5

Diera yo cuanto tengo
por hallar una palabra,
una hermosa palabra,
esa ardiente palabra fugitiva
que alienta entre mis labios...
pero que mi memoria
se empeña en no quererme revelar.

6

No soporto los gestos de mi gato
cuando me ve sentado ante el ordenador:
se estira, se acurruca, ronronea,
sonríe con piedad, y busca el sueño.
Es decir, suavemente,
con felina elegancia, me recuerda
lo inferior de mi humana condición.

7

Hay palabras enfermas
de olvido o de nostalgia
que en el poema encuentran
una nueva alegría de vivir.
Y despiertan, y sanan,
y vuelven a la vida        
con el cordial aliento
de otras muchas palabras jubilosas
que allí les acompañan con su luz.

8

Miro los altos álamos y veo
tu voz entre las hojas,
y tu mirada escucho
entre un rumor de pájaros y ensueños.
Es de oro la tarde.
    Y quiero seguir vivo.

9

Cada verso contiene
una pequeña vida luminosa.
Cada poema entero,

10

“Los hombres nunca lloran”, mi madre le decía
a aquel niño tan triste que yo era.
Lo confieso: llegué a dudar bastante
de mi virilidad.

Con el paso del tiempo he comprobado
que mi estado normal es la melancolía,
que el universo entero se resume
en un  cuerpo gozoso de mujer…
y hasta qué punto nos equivocamos
mi pobre madre y yo.

11

Revivir es, a veces,
volver a recordar.
(O encerrarse de nuevo en el olvido)

12

Yo no pido la voz: yo sólo pido
que mi silencio sea
como un hondo silencio de campanas.


SÓLO CON LA PALABRA…
(De “Silva de extravagancias”)

Sólo con la palabra, esa exacta palabra
que todos anhelamos,
cuyo rastro entrevemos
entre los claroscuros de algunas madrugadas,
podremos liberarnos del acoso
de víboras y arcángeles,
enmascarar las fábulas
de nuestra libertad,
renacer la liturgia del grito en nuestras manos.
Sólo con la palabra, esa exacta palabra,
podremos seguir siendo…
                                                       o al menos intentarlo.    


SÚPLICA DEL MAR
(De “De la memoria azul”)

Tanta ausencia de mar hay en mis ojos,
que en él quiero vivir
mi vida más callada.
Exactamente en él,
    en lo más puro.
No en un vano crepúsculo de mármoles
y bronces florentinos, ni en el hosco
clamor de las raíces,
regresado a la arcilla, ni siquiera
ya trascendido en humo,
aunque así me surcaran las gaviotas
y el viento fuera mío.
Exactamente en él,
    en sus honduras,
en la ciega extensión de sus praderas…
Cuando el sueño me asombre
y me invite a regiones escondidas,
llévame al mar,
         regrésame a su abrazo,
a la verde caricia que no acaba,
a su canción de cuna.
        Ya presiento
su ancha bienvenida,
su sereno vaivén,
su regazo de madre que me espera.
Llévame al mar,
          devuélveme a las olas:
he de encontrar en ellas
ese claro silencio que me habita,
esa luz que me bulle entre la sangre,
esa verdad azul que me acompaña
desde los viejos días.
  


TARDE SIN TI
(De "La huella en la ceniza")

La nieve de tu ausencia me ha vencido
esta tarde de otoño.
                                           Permanece
el calor de tu voz en mi memoria
y en mi frente asombrada se despiertan
las huellas de tus ojos.
¡Qué vacías mis manos, qué indefensas
alejadas de ti!
                               Inútilmente
te buscan y rebuscan por un aire
acerado y hostil: manos de ciego
acariciando muros sin sentido.
Un violento silencio se derrama
sobre mi alrededor.
                                          Tan sólo escucho
la amargura implacable de la lluvia
grabando en los cristales el mensaje
de mi propia intemperie.
Me duelen los rincones de la casa
ausentes de tu risa y de tus pasos,
oscuros sin tu luz, irremediables
en su extraña orfandad.
                                                  Una tristeza
incisiva y sutil se ha apoderado
de muebles y de cuadros, de las pequeñas cosas
que llenan nuestro mundo. Qué grises me parecen
sin la hondura vital de tu presencia.
Para alejar mi soledad contemplo
tu permanente hueco en el espacio:
desocupado está, pero conserva
tu cálido latir, las vibraciones
de tu serena imagen nunca ajena.

Dan las horas en el viejo reloj.
Ha cesado la lluvia.
                                         Nuevamente
los pájaros invaden mi silencio
y todos los confines de mi entorno
recobran su perfil esperanzado.
Las luces de la tarde se sumergen
en un tenue letargo.
Su que estás ya muy cerca: Presiento tu regreso
por esa brisa alegre
que ha agitado los álamos.


TEORÍA DEL TIEMPO
(De “Los sigilos violados”)


Ese polen oscuro que implacable
va cubriendo de injurias nuestra frente,
esa hiedra taimada que incesante
va sembrando distancia en nuestros ojos,
esa lluvia de sombra que insensible
va inundando de lodo nuestra sangre,
ese hielo, esa herrumbre, ese derribo,
son las garras del tiempo trabajando
despacio.
          Nadie ve
su figura felina y transparente,
ni se escucha el temblor de sus pisadas,
su respiro lentísimo
poderoso y oculto entre los días.
Pero existe, y acecha, y torvamente
va arañando las horas,
siempre abiertas las fauces
para su larga y honda mordedura.
A veces lame nuestras pobres manos
candoroso y alegre como un río,
y anilla nuestros dedos
de hermosas caracolas.
 Jubilosos
acogemos al tierno arrepentido
de su lealtad seguros. Pero pronto
vemos que se saliva se convierte
en un musgo de llanto
y que en los dedos sólo
nos crece la tristeza.
Nada queda detrás de sus crepúsculos,
nada escapa a su nieve.
 Impasible,
él sigue su camino
al trote lento de su fiel ceniza:
nunca vuelve la vista ni sonríe
a la vida que canta confiada.
Sabe que en su clepsidra de rencores
siempre el agua abrirá secretos cauces,
y vigila en la orilla, quedamente,
con la calma tenaz del invencible.

TIEMPO Y MAR
(De “De la memoria azul”)

Sobre mi mar, el tiempo se derrama
como una lluvia inmóvil,
como una somnolienta travesía
hacia mundos o estrellas imposibles.
Hay tiempo detenido en las orillas
que tantos viejos soles albergaron,
y tiempo inmemorial entre las olas
que acercan y separan.
Tiempo diluye el viento y sus aullidos
entre los ojos ciegos de las rocas,
tiempo en las escamas de los peces
que lloran su silencio.
Duermen su noble tiempo las columnas,
las islas, las estatuas,
y se cubren de tiempo las palabras
de los oscuros muertos olvidados.
Tiempo hienden las proas de las naves
y molienda de tiempo las arenas
esconden en sus oros, y las algas
verde tiempo flagelan dulcemente...
Desde los muelles miro el horizonte
y es tiempo lo que veo.
Porque mi mar es tiempo que respira
y yo, junto a mi mar,
        sólo tiempo respiro.


TU MAÑANA
(De “Década del insomnio”)

Ahí tienes tu mañana,
esa turbia mañana que agoniza
entre el llanto de amor del unicornio
y la lluvia senil de la arboleda.
Ha nacido vencida,
prisionera de oscuros laberintos,
toda vuelo sin cauce, toda olvido,
a su extensa grisura encadenada.
Nunca viose mañana tan nocturna,
tan henchida de inútiles augurios,
de imaginarias aves,
de insectos que enloquecen
bajo un cielo pretérito y callado.
Mañana meretriz, torpe mañana
en la ebriedad de un sol encanecido,
mañana pordiosera, vagabunda,
vieja diosa humillada y aburrida,
ungida de tristeza…
                                          Pero mañana tuya,
tan hondamente tuya,
que si tú lo deseas
arderá esplendorosa en tu palabra
acunada de luz.



TU PALABRA
 (De "Cuaderno de los acercamientos")

Y de pronto, la luz de tu palabra
rompedora del lóbrego silencio,
lluvia fresca en mi vasto roquedal.
¿Qué magia inaccesible,
qué remotos poderes atesoras
en el cálido alfar de tu garganta?
Tu palabra es la mano siempre abierta
para ahuyentar el miedo,
precisa claridad, puente sonoro
tendido sobre el río de la noche.
¡Qué insomne tu palabra vigilando
mis pasos embriagados
por la orilla sutil de la nostalgia,
atenta al desaliento, rumbo cierto
por las hoscas veredas! 
Tu palabra, la brisa compañera
en las horas inmóviles,
cuando acechan los lobos de la duda
o esa mínima muerte que se esconde
detrás de cada herida.
Tu palabra, alígera campana,
intangible susurro de tu cuerpo,
cimiento, enredadera, brocal, nube,
sereno plenilunio, brasa, vino   
para mi leve copa,
valle inmenso de paz…
Tan sólo en tu palabra me reinvento
y me vivo a mí  mismo cada día:
sólo en ella alimento mi ternura,
sólo en ella concibo la esperanza.



UN DIA
 (De "Cuaderno de los acercamientos"

Un día. Sólo un día. Casi nada.
Un montón ordenado de minutos,
un simple recorrido
por la redonda senda
estelada de números y dudas.
Una pizca en el torrente
voraz del universo.
Una huella en la niebla,
un humo que se marcha,
un vuelo ya olvidado
de aquel insecto mínimo
cuyo nombre jamás preguntaremos.

Y sin embargo, siempre, nuestra vida,
acaba siendo un día, sólo un día,
un día irrepetible ocupando su centro
y una serie de años sin sentido
sirviendo de ropaje a su memoria.
Es aquel claro día
en el que amanecemos al asombro,
porque todo es verdad a nuestro paso,
y sin ira miramos el espejo,
y por primera vez nos descubrimos
como queremos ser:
indemnes,
                       plenos,
                                        limpios,
                                                           libres,
                                                                          nuestros.


VIDA COTIDIANA
(De “La mirada intramuros”)

Quisiera describiros
la vida cotidiana en esta casa,
una vida sencilla, pero llena
de amor y de prodigios.
Jamás estamos solos: muchos buenos amigos
siempre nos acompañan, nos alegran las horas
con su viva presencia, con su cercana luz…
En la bodega, pinta Modigliani
el esbelto retrato de una esbelta muchacha,
un Mozart jovencísimo
compone al clavicordio algún concierto,
y se afana Neruda en escribir
una nueva canción desesperada.
La escalera se llena de jilgueros
que juegan divertidos: Federico
trata de abrirse paso
entre el revoloteo de sus alas,
mientras Góngora ríe entusiasmado
olvidando su austera sensatez.
En un rincón, sumida en sus poemas,
se sacude Alfonsina unas gotas de mar
que quedaron prendidas de su pelo,
y más allá, musitando sus rezos,
Sor Juana Inés se entrega a su fervor,
mientras riega sus flores Baudelaire.
Al caer de la tarde, en el patio,
comienzan las tertulias:
un Beethoven gruñón y malcarado
discute con Picasso,
tercia Claudio Rodríguez
-ungido por el don de la ebriedad-
interviene sarcástico Quevedo,
ubérrimo Rubén,
y tratan de poner un poco de orden
Tchaikowsky y Valle-Inclán.  
Ya después de la cena,
junto a la chimenea, Azorín y Miró
rememoran su tierra luminosa,
en tanto que Unamuno
trata de ver a Dios en los leños que arden,
imagina Cervantes una parte tercera,
Don Francisco dormita soñando con sus majas,
y la Pardo Bazán escucha complacida
el último episodio de Galdós.

Por la noche la casa se queda solitaria,
y la invade el silencio,
y nos ponemos tristes pensando que quizás
nuestros buenos amigos nos han abandonado,
que jamás volverán.
Pero con la mañana llegan todos de nuevo,
con sus voces, sus risas, su bullicio… 
y la casa regresa a su normalidad.


VOSOTROS
(De “La mirada intramuros”)

Os digo la verdad:
Tan sólo por vosotros,
sí, de verdad, tan sólo
por vosotros, porque si no ¿por quién?
Lo demás poco importa, os lo aseguro:
Mis montañas… mi mar…
la casa que me abraza y que me cubre,
los ojos que me amaron,
los libros que leí, incluso mis poemas,
la voz que puse en ellos,
las astillas de vida que en ellos me dejé…
Tan sólo por vosotros, sí, tan sólo
por quienes en la sangre
navegaréis mi rastro
y a quienes mi memoria a veces traiga
una brizna de amor, un aleteo
de ríos o palabras, un levísimo vuelo
de preguntas, ausencias o luciérnagas.
Tan sólo por vosotros, de verdad, no quisiera
amanecer un día
arropado de bruma…
                                              sin vosotros.












5 comentarios:

  1. INTERROGANTE FINAL
    Cuando vuestros ríos den a la mar
    solo asombro y levedad encontrarán
    los ojos y la piel que ya no habitan.
    Flor, abeja, melodía, lucero, garúa
    viento, átomo de givre danzando
    en los cristales de tu alcoba...
    golpeará tu ventana con nudillos de algodón
    y te dirá...soy yo ...
    tu amor eterno que recorre espacio y tierra
    para contemplarte y seguir amándote,
    entonces, sabrás que es tu antiguo amor,
    "vencedor del tiempo, dueño indiscutible del ayer
    y del siempre".
    Mi querido Antonio, tenía escrito esto para tu anterior entrada…pero no alcancé a publicarla.
    No solo he disfrutado de tu poesía, sino que también la he hecho mía y tú me lo has permitido. Mil gracias por esta eternidad de alegría que hoy debo dejar con mucha pena. Continuaré a extasiarme, solo, con la lectura de tu exquisita poesía…y pueda ser que por algún sendero nos re encontremos algún día.
    Mi despedida la encontrarás en mi última entrada. Te voy a extrañar y mucho.
    Besos… hasta siempre.

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  2. Antonio he publicado en el blog de josefa tu poema Arbol.
    ya te pedí permiso para publicarlo. Cada vez que lo leo me gusta mas. Gracias.

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  3. Llego del blog de nuestra amiga
    Y, como un bello milagro inesperado,
    Hoy acabo de encontrar
    Un manojo de versos,
    Dorados como espigas maduras
    Convertidos en poemas.
    Y os digo de verdad,
    A Josefa doy las gracias
    Por el poema de Antonio
    Que hoy, nos deja disfrutar.
    En el enlace he picado,
    Y ha sido mi grata sorpresa
    Del profuso manantial de su alma,
    Un bello ramillete de pensamientos
    Perfumados de profundos sentimientos.
    Con cariño los he leído
    Y guardados están en mi memoria,
    Antonio, gracias mil por compartir rico aguacero de letras, que en el bosque de la vida al leerlos nos adentran, sacian el hambre y la sed, de generosa belleza.
    Un abrazo
    Ambar



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  4. Vengo del blog de Josefa para admirar todo lo que aquí hay escrito. Una auténtica joya. Un abrazo y buen fin de semana.
    @Pepe_Lasala

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  5. estou felicíssimo por ter perante mim a alma grande do poeta que em mim vulgar gente vejo no espelho fraca centelha dum fogo que em mim se nega arder num quarto pleno de fumaça
    obrigado poeta

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