Dos poemas de "El clavicordio ante el espejo"

NOTA PREVIA: Los poemas de este libro han de ser leídos de dos en dos, pues cada uno de ellos tiene su contrapunto en el siguiente. El primer poema de cada pareja refleja un recuerdo o impresión de la infancia del poeta. El segundo, la transposición de ese mismo recuerdo o impresión a su vida adulta, tamizado por la meditación, la experiencia y la madurez.



LA ABUELA


La memoria se torna clavicordio,
mosaico de jazmines,
pájaros diminutos en revuelo,
cuando evoco su grácil, su serena
vejez adolescente. Parecía
una antigua figura desprendida
de algún marfil mozárabe,
un liviano cristal, una campana
de tiernísimo bronce. Su presencia
derramaba en el aire
una noble fragancia de sosiego,
una luz venerable y duradera.
Y en la alegre verdad de su mirada
yo averiguaba, hondas,
mis lejanas raíces.
Una cansada niebla de tristeza
me refleja aquel día
del llanto en los rincones, de los rezos
leves como murmullos, de las gentes
que inundaban las salas
con trajes de domingo.
La abuela, me dijeron, se ha marchado,
se ha ido para siempre…
No pude comprender aquel viaje
ni aquel inmóvil frío en las paredes
que nos dejó su ausencia.
Pero pronto
mis ojos descubrieron
que con ese silencio, con esa soledad,
con la palabra “siempre”
una primera puerta se cerraba
en mi azulada infancia.



LA MUERTE


Después de aquella puerta, del estruendo
de su golpe primero,
un viento pertinaz y sucesivo
me ha sembrado de aldabas la memoria.
Y el silencio va siendo un ejercicio
vulgar y cotidiano, como la propia sombra
dibujada en un muro,
y los hondos espejos ya no saben
qué hacer con tanta huella,
con tanto gesto inmóvil,
con tanto desamparo fugitivo,
y nunca conocemos
qué remotos designios, qué mandatos
dirigen esta siega interminable,
y jamás descubrimos
adónde van las voces, las miradas,
el calor de las manos, los secretos
archivos de las frentes,
y quizás están cerca, nos escuchan,
nos llaman, acarician
nuestra pobre intemperie,
y la ausencia va siendo una costumbre
que ya no nos extraña,
a pesar de su incendio,
y la rueda terrible va girando
y en su torvo engranaje se perfila
el dictado voraz de nuestro nombre,
y cada nuevo día,
detrás de su bonanza pasajera,
acecha un vendaval definitivo
que batirá los últimos portales,
y hay un niño asomado a la ventana
con los ojos abiertos y asustados…
y ese niño, que ya sabe estar solo,
sigue sin comprender qué es lo que ocurre.


Del libro "El clavicordio ante el espejo”, Premio Hilly Mendelssohn, Asociación de Escritores y Artistas Españoles, Madrid. © Antonio Porpetta. Autorizada su reproducción total o parcial, citando autoría. Fecha incorporación de estos poemas al blog: 12 agosto 2016.