SEAMOS COMPASIVOS…
Seamos compasivos con la luna.
Pero no con la luna maternal y magnífica
que alienta con su plata y siembra ensoñaciones,
sino con esa luna que en las claras mañanas
frente al sol nos ofrece su humilde desamparo.
Esa luna cansada, desvaída,
con ojeras y huellas de otras horas,
desahuciada inquilina de la noche…
¿Por qué esa luna ahí, por qué ese rastro
de llanto miserable en el oro radiante
de ese cielo perfecto, de la vida que estalla
frutal y arrolladora?
¿Qué divina crueldad, qué desatino
mantiene esa memoria, esa torpe tragedia?
Seamos compasivos: no miréis esa luna,
como si no estuviera,
que crea en su desgracia que no sabemos nada,
que ignoramos su imagen melancólica,
su levedad, su miedo, su futuro…
Mejor, sencillamente,
sumirla en el olvido.
Aunque no la podamos olvidar.
SÓLO CON LA PALABRA…
Sólo con la palabra, esa exacta palabra
que todos anhelamos,
cuyo rastro entrevemos
entre los claroscuros de algunas madrugadas,
podremos liberarnos del acoso
de víboras y arcángeles,
enmascarar las fábulas
de nuestra libertad,
renacer la liturgia del grito en nuestras manos.
Sólo con la palabra, esa exacta palabra,
podremos seguir siendo…
o
al menos intentarlo.
HAY QUE RECUPERAR…
Hay que recuperar
el tacto de la fiebre y el color de las noches,
la antigüedad del bronce y el aroma del llanto,
el grito de las águilas y el sabor del silencio,
la timidez del aire.
Hay que recuperar
la humildad de los astros y el sonido del hambre,
los caminos sin fecha y la altivez del junco,
los muertos renacidos y el susurro del puma,
la niebla en los vitrales.
Hay que recuperar
las verdes madrugadas y la sombra del río,
las campanas más tiernas y las manos sin dueño
la semilla del agua y los pasos perdidos,
la danza de las naves.
Hay que hacer lo imposible por descubrir de nuevo
ese torpe milagro, ese absurdo prodigio,
esa hermosa miseria que llamamos la vida,
con todo su caudal de ardiente escalofrío.
POR LOS VALLES…
Por los valles del sueño y del asombro,
junto a un fragor de helechos y luciérnagas,
por la roja mansión de los crepúsculos,
muy cerca del fervor de los volcanes,
entre los claros cauces del silencio,
con refulgentes lirios y colmenas,
por praderas pobladas de unicornios,
conversando con mansos vendavales,
tras el rastro del musgo y sus confines,
bajo un hondo rumor de llamaradas,
con la memoria intacta como el ámbar
y el desamor vencido y desterrado…
discurrirá algún día
el río de mi sangre.
Del libro “Silva de extravagancias”. Edit. Calambur, Madrid 2000. Premio “Ciudad de Valencia” de Poesía en Castellano. © Antonio Porpetta. Autorizada su reproducción total o parcial, citando autoría. Fecha incorporación de estos poemas al blog: 21 febrero 2012.